lunes, 15 de enero de 2018

El hechicero noruego


Herre es un pequeño poblado de la región de Telemark, al sur de Noruega, en el que viven poco más de mil personas. Allí, donde no hay mucho más que hacer que soportar el intenso frío durante ocho meses al año, el 15 de enero de 1980 nació Christoffer Andersen. Kid, como lo llaman todos, es uno de los músicos de blues más importantes de la escena estadounidense y hoy, radicado en San José, California, es el cerebro de esa maquinaria sonora llamada Greaseland.

Kid Andersen empezó a tocar la guitarra a los 11 años gracias a un primo suyo que le enseñó lo básico para que pudiera tocar rock and roll. Una tarde de 1996, estaba viendo la televisión en la casa de su abuela cuando en las noticias pasaron el aviso del Notodden Blues Festival, que tenía como atracción principal a Robert Cray. “Ese instante quedó grabado en mi cabeza”, contó Kid en una entrevista que le hizo la revista Blues Blast. A partir de entonces, el blues se volvería una bola de nieve. Un amigo músico le prestó un cassette de Stevie Ray Vaughan y poco tiempo después conoció al guitarrista Morten Omlid, su mentor.

“Omild tenía una gran colección de discos. De un lado guardaba los de músicos negros y del otro los de blancos. La sección de músicos negros era más grande así que empecé por ahí”, recordó. Así fue como se llevó a su casa los primeros LP’s de los tres King, Otis Rush y T-Bone Walker. Y también uno de Little Walter. “Omild me dijo que si quería aprender a tocar bien tenía que saber cómo hacerlo detrás de un armoniquista”, explicó Andersen.

Tery Hanck
Al poco tiempo, se fue a vivir a Oslo, la capital de Noruega, y empezó a frecuentar el Muddy Waters, uno de los bares de blues más importantes de la ciudad. En ese esencario comenzó a ganar experiencia y pronto sería el guitarrista rítmico de muchos músicos internacionales que pasaron por allí como Jimmy Dawkins, Willie “Big Eyes” Smith, Nappy Brown y Homesick James. En 1998, en el festival de Notodden, conoció al saxofonista estadounidense Terry Hanck, quien sería decisivo en su vida y su carrera musical. Hanck quedó tan impresionado con el chico noruego que lo incorporó a su banda y se lo llevó a California. "Me di cuenta enseguida que era especial. No sólo aprendía rápido, sino que instintivamente sabía el tono y el sentimiento que yo quería para una canción”, relató.

En California se le abrió un mundo. Tras cuatro años junto a Hanck se fue a tocar durante un lustro con Charlie Musselwhite. Luego se incorporó a la banda de John Nemeth, pero sus problemas con el alcohol lo obligaron a dar un paso al costado. Pero la suerte estuvo de su lado. En 2009, ya recuperado, aprovecho que Charlie Baty dejaba los Nightcats y se sumó a la nueva versión comandada por Rick Estrin, formación con la que editó cuatro discos y vino a la Argentina en 2011.

Desde sus días con Charlie Musselwhite, Andersen también forjó una carrera solista, aunque con más bajo perfil. Editó tres discos Rock Awhile (2003), Greaseland (2006) y The Dreamer (2007). Y además grabó junto a Junior Watson y la leyenda del blues noruego Vidar Busk el disco Guitarmageddon (2004). Pero eso no fue todo: su nombre figura en los discos Raisin' Hell Revue (2011) de Elvin Bishop; Road Dog's Life (2013) de Smokin’ Joe Kubek y B’Nois King; Snap your fingers (2013) de Finis Tasby; If nothing Ever Changes (2015) de Wee Willie Walker; The Real Deal (2016) de John “Blues” Boyd; entre otros. Todas esas colaboraciones reflejan la versatilidad del guitarrista, que se adapta a distintos estilos de blues y otros géneros.

Su híper actividad musical se complementa con su rol como CEO de los estudios Greaseland, donde es productor artístico y técnico de sonido al mismo tiempo. Allí creó un polo muy interesante donde prolifera el sonido clásico, no sólo del blues sino de géneros afines como el soul, rockabillly, funk, gospel y hasta surf music. Pero el blues sigue siendo lo que realmente lo mueve.Hace poco editó un álbum tributo a Howlin’ Wolf con leyendas como Henry Gray y Tail Dragger como invitados; y otro dedicado a Little Walter en el que sobresalen las armónicas de Musselwhite, Billy Boy Arnold y Sugar Ray Norcia.

Kid Andersen es el hechicero, el mago que todo lo arregla. Dicen que todo lo que toca cobra un nuevo sentido y, a juzgar por todos los discos mencionados, eso es una gran verdad. En Noruega, su tierra, lo saben bien y cada vez que vuelve al festival de Notodden lo homenajean. Y en Estados Unidos también lo saben, por eso cada vez más músicos recurren a él.


sábado, 13 de enero de 2018

Los pies en la tierra


Víctor Hamudis levantó un poco el pie del blues y se afirmó entre el country y el southern soul. Esa es la principal diferencia entre su primer disco y su nuevo trabajo, Demos & little love songs. Por lo demás, mantiene el mismo feeling y buen gusto, con un sonido orgánico y minimalista, y otra vez interpreta una notable selección de composiciones propias.

El álbum está dedicado a los músicos que lo inspiraron: Leon Russell, Delaney Bramlett, Wilson Pickett, Dan Penn y Don Nix, pero también está marcado por el sonido de My favorite picture of you, el disco que Guy Clark editó en 2013, y que estalló frente a él como una revelación.

Cada una de las canciones de Víctor Hamudis remiten a un viaje imaginario de Muscle Shoals a Memphis y de allí hasta Tulsa. El primer tema, Home, es una obra maestra. La guitarra de Hamudis se combina con las de Pablo Martinotti y Rulo García, mientras que Germán Pedraza y Edu Muñoz marcan una sutil y efectiva base rítmica, sobre un colchón melodioso que aporta Nandu Aquista desde los treclados. Es una canción que, parece, estuvo siempre entre nosotros, como un viejo clásico reversionado… pero no, es una composición nueva.

En Rollin’, Hamudis y Rulo García se sacuden el polvo mientras recorren una vieja carretera desértica. El disco sigue con Make love, una balada souleada en la que Pato Raffo aporta su inconfundible toque en la batería y un delicado coro femenino eleva el canto de Hamudis como una plegaria sureña. Said enough es una de las canciones más lindas: el slide de Rulo García está cargado de nostalgia y la voz de Hamudis le suma más melancolía, al tiempo que Mauro Ceriello los ampara con una base rítmica muy acogedora. Baby what you gonna do vuelve sobre la propuesta de Make love, aunque aquí con más presencia de las guitarras.

La segunda parte del disco tiene joyas como Two lovers, en la que sobresale el acordeón de Gabriel Gerez, y Bones con la que vuelve a la misma fórmula de Said enough. Lo mismo logra en Fool y So faraway, aunque el bajo está a manos de Mariano D’Andrea. Llegando al final, irrumpe con Sometimes, tal vez el tema más animado del disco, en el que las voces las coristas Alba Rubio y Gigi Francescutti se elevan como si estuvieran en el Ryman. El álbum cierra con Devil knock my door, un encuentro místico entre Hamudis y su guitarra.

Víctor Hamudis tardó en editar este disco porque en un momento captó la atención de Litto Nebbia, quien buscó colaborar con la producción artística pero sus sugerencias y aportes se alejaban de lo que Hamudis quería. Y él, con toda su obstinación, recuperó el control del álbum, puso los pies en la tierra y logró esta maravilla que brilla por su simpleza y naturalidad.

martes, 2 de enero de 2018

Alma negra


Queríamos empezar el año a puro blues y tuvimos mucho más que eso. Marcelo Ponce y Viviana Dallas nos dieron una lección de historia de la música negra en el primer Blue Monday de Bluscavidas de 2018. La noche de Sheldon se destacó por la selección de temas, la fusión de géneros y por sobre todas las cosas, los exquisitos arreglos de armonías vocales.

El show empezó a las 21.30 con Marcelo Ponce tocando y cantando Mama, talk to your daughter, inspirada en la versión de J.B. Lenoir. Cuando terminó se sumó Viviana Dallas y juntos cantaron Down in Mississippi, luego de explicar el contexto de segregación racial que dio origen a esa canción. Así pasaron de Lenoir a los Staple Singers, que son el eje troncal de la música a la que se volcaron hace tiempo. Con la aparición de dos de las tres Salmonettes, Camila Teodori y Paloma Scassano, explotaron las voces y el juego de armonías. El sonido se elevó y abrazó todo el salón. Por momentos parecía que sonaba una banda, pero apenas era un guitarra y cuatro vocalistas. El primer tema que interpretaron todos juntos fue For what is worth, de Buffalo Springfield que los Staple editaron a fines de los sesenta.

No fue el único clásico del rock que versionaron: también hicieron The last time, de los Stones; Drive my car y The word, de los Beatles; y A hard rain's a-gonna fall, de Dylan. Cada una de esas intepretaciones tuvieron el feeling de los Staple Singers y la pasión que le ponen ellos. Viviana Dallas es una tremenda cantante y las Salmonettes están ahí para hacerla brillar aún más. Y Marcelo Ponce es el arreglador y director musical, el motor del ensamble. El cancionero también incluyó dos temas de Blind Willie Johnson, Nobody’s fault but mine y Jesus make up my dying bed.

El dúo, además, contó con un invitado: Sergio Catalano sopló su armónica en Let’s do it again y Glory, glory hallelujah. Sobre el final siguieron meciéndose entre el góspel y el soul con Down in the river to pray, Freedom highway y I’m just another soldier antes de despedirse con el mayor éxito de los Staple Singers, Respect yourself. El local estaba lleno y eso ayudó a que todo saliera mejor.

Los Dallas-Ponce animan la escena del blues desde hace casi 30 años y en cada show vuelcan toda su experiencia para transmitir un mensaje que no prescribe con el tiempo. El universo de ellos se nutre de lo más puro de su alma, la música negra, ese núcleo que componen el blues, gospel y soul. Y a todo un espíritu didáctico y mucha onda.

lunes, 25 de diciembre de 2017

La vida de An

Foto: Ximena Schleh
Su voz se esparce por toda la sala. Tiene tanta vida que casi se puede ver. Cada registro, cada inflexión y hasta sus silencios tienen una vibración especial. An Díaz anida en su anterior a una mujer negra curtida por el sufrimiento del trabajo duro, a una sobreviviente de desengaños amorosos, a una persona que atravesó los mares de la soledad en una balsa y pudo llegar a la orilla. Pero apenas tiene veintitantos y un futuro formidable. Con Between two worlds, su primer disco, encontró su verdadera voz, su espacio en ese ying y yang muslcal que conforman el blues y el gospel, sus dos pasiones.

Lo del viernes en el Club de Música fue más una celebración entre amigos que un show. En la primera parte, reprodujo todo el disco con algunas mínimas variaciones debido a las ausencias de Mariano D’Andrea y el brasileño Luciano Leães. Gabriel Grätzer se subió a tocar y cantar I’m gonna live (the life I sing about in my songs) y luego, con Dany De Vita en guitarra y coros, interpretó Any time you want. Después se sumaron Nico Raffetta, Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia para I can’ quit you baby, en la que An, como cada vez que la canta, revoluciona las partículas elementales con la demoledora introducción vocal. La banda siguió para Keep on lovin’ me baby, con Nico Raffetta levantando vuelo desde el hammond y De Vita sacando unos solos aniquiladores. Tampoco estuvo Lee, que la acompaña con el rhodes en el track oculto del disco, aunque aquí An aprovechó para presentar el video clip de ese tema y de alguna manera lo hizo presente.

La segunda parte se la dedicó enteramente a Nina Sessions, el proyecto paralelo que lleva adelante con Anahí Fabiani. Casi como si fuera el living de su casa, An cantó con soltura y encanto media docena de clásicos que solía interpretar la legendaria Nina Simone. Empezó con Nobody's fault but mine y siguió con I love your lovin' ways, Exactly like you, I wish I knew how it would feel to be free y Four Women. Para el final volvió a invitar a la banda y cerró con Do I move you, aquí con Raffetta y Fabiani intercalando teclas desde el hammond y el piano.

En febrero de este año estuve con ella y Grätzer en Memphis y Mississippi. Uno de los lugares que conocimos fue Dockery Farms, donde nació el blues. Allí, mientras palpábamos la historia más profunda del género y escuchábamos la voz profunda de Charley Patton cantando Some summer day, An caminó hacia la ruta y se quedó mirando, emocionada, una iglesia que estaba a metros de la granja. Así llegó a sus dos mundos y cerró el círculo virtuoso. Dos días después lanzó el disco, el primero mas no el último. Y así lanzó también su carrera y su futuro. En definitiva, su vida.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lanzamientos de acá y de un poco más allá

Gabriel Delta Band - Hobo. El nuevo proyecto musical de Gabriel Delta, radicado hace más de 15 años en Italia, es esencialmente acústico y el repertorio se mece entre composiciones propias, clásicos del blues y algunas sorpresas. El álbum abre con Newen, una balada con tintes folclóricos cantada en español que está en armonía con la filosofía de vida de su autor. Sigue con el tema que da nombre el álbum, Hobo, en el que arrasa con un slide fulminante mientras canta que va de pueblo en pueblo con su guitarra. Skyless angels es otra emocionante balada, aunque de raíz blusera, con la que Gabriel Delta transmite su mensaje espiritual. Después pone el foco sobre dos canciones tradicionales de Chicago, Big boss man y Little red rooster, que interpreta con mucha personalidad y son el sostén para algunos de los mejores solos del disco. Su versión de Queen bee, de Taj Mahal, le da un toque bucólico. Lo mismo sucede con Duerme negrito, una canción que popularizó Atahualpa Yupanqui, que Gabriel Delta considera un verdadero blues criollo. La otra sorpresa el disco es su versión voladora de Soulshine, la más bella canción que escribió Warren Haynes para los Allman Brothers. Acompañado por una notable banda de músicos italianos, Gabriel Delta grabó en vivo y sin mayores retoques este disco que resume su vida como músico.

Daniel De Vita, Netto Rockefeller y J.M. Carrasco - Third world guitars. “Guitarras del tercer mundo” es una propuesta completamente novedosa. Tres guitarristas de Argentina, Brasil y Chile se juntaron para grabar clásicos de las décadas del cincuenta y sesenta, y algunas canciones de rock, con la idea de compartir las experiencias musicales de esos tres países. El ambicioso proyecto se materializó en un disco excepcional. El sonido está muy bien logrado y la conjunción de las tres guitarras resultó magistral. De Vita, Rockefeller y Carrasco, además, alternan en voces y cada uno le imprime su sello distintivo. El trío está respaldado por una sección rítmica productiva y sustentable conformada por Gabriel Cabiaglia en batería y Diego García Montiveros en contrabajo. El álbum comienza con una versión novedosa de I’ll go crazy, de James Brown, y todo lo que sigue después desafía los estándares más convencionales, pero, aunque suene paradójico, respetando la tradición. El repertorio no tiene desperdicio: desde esas minúsculas y alucinantes interpretaciones latinoamericanas hasta los temas más rockeados como I only have love o Should I stay or should I go, pasando por You don’t love me, un blues denso y demoledor en el que desgarran las guitarras con un sentimiento descomunal. El álbum desafía tiempo y espacio, y asimila, de manera muy original, el concepto de patria grande.

Damián Duflós Blues Band - Can´t hold out much longer. Blues de Chicago en estado puro. Un verdadero tributo a la armónica y, en especial, a uno de sus máximos exponentes, Little Walter. Damián Duflós buscó un sonido que se emparente a como tocaban los músicos negros en la década del cincuenta. En las notas del CD aclara: “Grabar con un equipamiento digital vuelve frustrante la consecución del verdadero sonido de la vieja escuela, pero aun así el sonido general conseguido es bastante aceptable”. Su toque con la armónica es sublime y expeditivo, y su voz acompaña con prestancia. Lo respaldan Ezequiel Díaz Baruj en guitarra, Leonardo Toro en bajo y Vicente Iturbe en batería cinco piezas clásicas de Little Walter y una de Sonny Boy Williamson. Este álbum, que Duflós lo pensó inicialmente como un demo y lo grabó en el estudio Sonar, fue de lo último que hizo en Neuquén antes de mudarse a Esquel, donde terminó mezclar, editar y masterizar en el living de su nueva casa. Duflós es un verdadero referente del blues tradicional y uno los más activos en el sur del país, y este nuevo álbum se enrola en una tendencia: reproducir el viejo sonido del blues con el mayor sentimiento posible y respetando todos los parámetros estilísticos.

Tota Blues y Poyo Moya - Blues and more. Flavio Rigatozzo, Tota Blues, tenía ganas de hacer algo diferente, romper un poco el molde de los doce compases y los tres tonos, de apuntar con su música a un público diferente. Y para eso se alió con el pianista Poyo Moya, otro argentino como él radicado en Barcelona, para interpretar una docena de temas, entre los que hay clásicos y composiciones propias. El dúo de piano y armónica, una conjunción instrumental poco frecuente, fluye naturalmente. Tota canta en la mayoría de los temas y el Poyo se lanza en una aventura vocal en Trouble in mind. Tres invitados de lujo aportan variantes al repertorio. El histórico ladero de Tota, Martín Merino, mete un toque guitarra eléctrica en Blussi, un tema compuesto por el propio Tota. Eduardo Introncaso sopla su saxo en Hard to make a living, otro tema que lleva la firma de Flavio Rigatozzo, y el Chino Swingslide rasga las cuerdas de una Resophonic en Goodnight Irene. Una vez más, como en sus dos décadas como músico profesional, Tota vuelve a cumplir a puro blues.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La voz


Su vida se apagó en un instante fatal hace 50 años, pero su voz y sus canciones traspasaron las fronteras y trascendieron al paso del tiempo.

Otis Redding tenía 26 años y un enorme futuro por delante cuando el bimotor Beechcraft H18 se estrelló en el lago Monona, en Wisconsin. En el accidente también murieron los miembros de su banda los Bar-Kays. Los últimos dos años de su vida fueron muy intensos. En 1966, viajó a Inglaterra donde deslumbró a los mismísimos Beatles y en otro viaje, a Los Ángeles, descolló en el Whisky A Go-Go ante la mirada atónita de Jim Morrison. Pero fue en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, cuando se coronó como el número 1 del soul. Su actuación fue tan contundente como las de Jimi Hendrix y Janis Joplin.

Fue después de esa presentación cuando se le abrieron las puertas de un nuevo público, el blanco, y, por consiguiente, de un nuevo mercado. Su nombre comenzó a ser requerido en todas partes y su voluminosa figura respondió a la demanda. Hasta entonces había grabado media docena de discos con canciones memorables como Cigarettes and coffee, Try a little tenderness, Shake, Mr. Pitiful y These arms of mine, y además versionó de manera sobrenatural algunos hits como Satisfaction, Respect, A change is gonna come y Knock on wood.

Su carrera como músico profesional duró cinco años. En ese lapso, creó sociedades musicales imponentes junto a Booker T & MG’s, a quienes había conocido casi por una vuelta del destino cuando acompañó a Johnny Jenkins a probar suerte a Memphis, y también con Carla Thomas, la hija del legendario Rufus Thomas, con quien grabó un súper éxito de 1967: Tramp.

Otis Redding fue el símbolo del soul sureño, su máxima expresión, la voz por excelencia del mítico sello Stax y una de las figuras indiscutibles del sonido de Memphis. Logró expresar sus emociones como poco cantantes en la historia de la música contemporánea. Al morir, aquél 10 de diciembre de 1967, su obra quedó inconclusa. Un año después, gracias al buen trabajo de Steve Cropper, fue editado el tema que suponía el comienzo de una nueva etapa en la vida musical de Otis Redding y no el final. (Sittin' on) The dock of the bay se convirtió en uno de los himnos de la década del 60, en una de esas canciones imprescindibles. Un tema al que todos aman y tararean. Y Otis lo seguirá cantando 50, 100 años más, porque la fuerza de su voz es inmortal.




martes, 28 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (III)

Bob Stroger (Foto Guillermo Martínez)

“Algunas personas sienten la lluvia, otras solamente se mojan”

Bob Dylan 

El sábado amanece lluvioso y nada cambia a la hora del festival. Cae agua a borbotones y los refugios dentro del predio son los dos escenarios principales, el Hot Music Stage y los bares. Ir de un lugar a otro implica mojarse mucho. El Front Porch está a la intemperie, pero la gente se agrupa ahí cubriéndose con sus pilotos y paraguas. Bob Stroger, con sus 86 años, demuestra que no hay límites cuando uno ama lo que hace: se baja a cantar entre el público, mientras Rogelio Rugilo lo sigue con el paraguas. Blues en estado puro.

Big Gilson
En el Mojo Hand se presenta una leyenda del blues brasileño. Big Gilson -una mezcla de Pappo y Luis Salinas- toca un blues con frenesí rockero que levanta hasta los muertos. Gilson es un maestro del slide y en los dos primeros temas –Long way from home y I’m tore down- agita con largos solos. Luego interpreta temas en portugués de su último disco y algunos más viejos que el público conoce y acompaña cantando. Para cada canción tiene una viola distinta, desde una hermosa resonadora eléctrica hasta la clásica Strato. “Hace unos días estuve en Londres en un homenaje al rock y al blues británico. Y este tema está dedicado a una de mis máximas influencias, el señor Peter Green”, anunció antes de interpretar Albatross.

Los Mentidores
Me voy al DDI 54 porque allí están tocando Los Mentidores y quiero ver cómo, después de tanto agitar en los días previos, llevan adelante su show. El lugar está colapsado, no entra un alma y, como me imaginaba, Iván Gómez Singh hace su show. Canta Boom boom, Hoochie coochie man y Rock me baby, y la gente lo sigue. Fernando Ormeño toma el micrófono para Don’t you lie to me y la onda mentidora no decae. Busco un lugar más tranquilo y en un salón contiguo está Flavio Guimaraes dando una clínica. Está buenísimo todo lo que cuenta y da placer escuchar sus sutiles y breves interpretaciones tanto con armónicas cromáticas como con diatónicas. Cuando salgo para ir al Magnolia stage. Los Mentidores están terminando con Johnny B. Goode y la gente baila a su ritmo.

Andrea Dawson (Foto Daniela Xu)
Como toda Big Mama, Andrea Dawson tiene una silueta voluminosa y una voz extraordinaria. Comienza cantando Wang dang doodle mientras la gente se amontona en los pocos espacios que quedan a resguardo de la lluvia en el Magnolia stage. La cantante sigue con Tina-nina-nu y luego entrelaza Big boss man, Look over yonders wall y Dust my broom. La respalda la banda de Igor Prado, pero ¡sin Igor Prado! Rodrigo Mantovani y Yuri Prado llevan una rítmica sólida y rebosante de groove, Gonzalo Araya acompaña con prestancia en armónica y Nico Simi tiene la difícil tarea de reemplazar a Igor. Intenta emularlo con mucho reverb, pero para mi gusto se pasa un poco. Dawson sigue con un repertorio clásico de blues y soul: As the years go passing by, (Sitting on) The dock of the bay y I’d rather go blind.

Nico Smoljan & his Southern Jukes
Pasadas la 1 de la mañana la oferta musical todavía es muy intensa. Elijo ir a ver el segundo show de Nico Smoljan & his Southern Jukes. Allí está Nico, sobre el escenario, enfundado en un traje negro y luciendo una gorra que le hace juego. Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza también están muy prolijos. Se lanzan con un repertorio de la década del 50 y Nico hasta sopla el kazoo. Sin dudas, Nico Smoljan es todo un referente del blues argentino en Brasil y está muy bien que así sea. Se lo ganó con talento y mucho esfuerzo. Al cuarto o quinto tema invita a Flavio Guimaraes al escenario para que cante Bad boy y luego sube Greg Wilson y, así, abre la zapada que se extenderá hasta pasadas las 7 de la mañana.

A eso de las 3, le pongo punto final a mi presencia en el festival. Me voy del DDI 54 y veo que en el Mojo Hand todavía está tocando Ian Siegal y en el Magnolia Stage hay una banda que hace covers de los Allman Brothers que ni siquiera estaba anunciada. Me dejo llevar por el ritmo de Trouble no more y cierta nostalgia. Adiós Caxias, hasta la próxima.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (II)

J.J. Jackson (Foto Guillermo Martínez)
En el segundo día del festival, viernes, se nota un flujo mucho mayor de gente. Por donde el día anterior se podía caminar sin dificultad hoy es complicado. El primer show que voy a ver es el de Camila Dengo & Mamma Doo en el Magnolia stage. Camila es nativa de Caxias y una conocida de los porteños: tocó junto al Club del Jump en Buenos Aires en 2016 y hace unos pocos meses. Al frente de su propia banda brinda un recital muy entretenido y sensual. Su repertorio tiene blues y R&B de los cincuenta, pero con una puesta en escena technicolor. Ella tiene una voz magnífica que destella en temas como Bring it back home to me y Houndog. A modo de agradecimiento por sus viajes, invita a Alberto Burguez para que toque el piano en un tema.

J.J. Jackson y los Headcutters (Foto G.M.)
El anuncio de que está por comenzar el show más importante del día es estridente. En el escenario principal, y con un volumen fortísimo, asoma la silueta inconfundible de J.J. Jackson, un cantante, shouter, soulman y entertainer de primer nivel, Desde el minuto uno impone sus condiciones y hace delirar al público sostenido por el pulso preciso de los Headcutters. J.J. no se guarda nada y mezcla rock and roll, blues y soul. Comienza a toda máquina con Long tall Sally y sigue con Poor boy y Country girl, aquí con Freddy Muñoz en bajo en lugar de Catuto. Hay un intervalo a capella con I just call to say I love you, de Setvie Wonder, al que los Headcutters se suman más por profesionalismo que porque les atraiga el tema. Jackson invita a Luke de Held para unos solos picantes en C.C. Rider y se despide con una magnífica interpretación de Stand by me.

Big A Sherrod (Foto G.M)
En el Front Porch, ese escenario que recrea el Blue Front Café de Bentonia, está Big A Sherrod con la banda de argentinos que lo acompaña. A diferencia del día anterior, aquí sí suena a un juke joint del Mississippi. Pocas veces me tocó ver un show tan diferente de un mismo artista con tan pocas horas de diferencia. Sherrod realmente canta desde las entrañas y toca con una fuerza única. Mariano D’Andrea es el equilibrio de la sección rítmica y a Adrián Flores se lo nota concentrado y manteniendo siempre el tempo, mientras que Tomy Espósito allana el camino para los punteos voraces de Sherrod. Sobre el final, Sherrod los deja lucirse a D’Andrea y Espósito y largan unos solos que tenían contenidos. Flores no tiene el suyo, por el contrario, le deja la batería a Big A quien le da como si quisiera romperla.

Esta vez el repertorio de Sherrord es más crudo. Interpreta incendiarias versiones de Hoochie Coochie man y Baby what you want me to do. En esta última sube a un nene al escenario y lo hace tocar su guitarra. “Esto lo hago en Mississippi para tratar de que los chicos se interesen por la música y se alejen del delito”, dice. Sobre el final interpreta Five long years, inspirada en la demoledora versión de Buddy Guy,

Chris Jagger (Foto G.M.)
De vuelta en el escenario principal, la figura de Chris Jagger, acompañado por Charlie Hart y la banda de Cristina Crochemore, brinda una propuesta musical diferente. El hermano de Mick canta, toca la guitarra acústica y la armónica, mientras que su socio acompaña en acordeón o violín. Toda la primera parte tiene un feeling de country rock y hasta un poco del influjo del Bayou, “Vamos a tocar un viejo blues de Junior Wells”, anuncia un carismático Jagger antes de que Hart cante Snatch it back and hold it. Vuelven sobre su repertorio rockeado hasta que Jagger bromea: “Es un festival de blues y debería tocar uno antes de que venga la Policía del Blues”. Parece que esa grieta no es patrimonio argentino. Y Jagger cumple con un blues propio en el que recuerda sus años de juventud.

Blues Etilicos (Foto G.M)
Me doy una vuelta por el Folk Stage y está Bob Stroger en modo intimista. En el Front Porch, Ian Siegal canta Come in my kitchen mientras rasga las cuerdas de su guitarra resonadora. Más allá de nuevo en el escenario grande los Blues Etílicos, legendaria banda brasileña, muestra toda su chapa ante una multitud. Greg Wilson y Flavio Guimaraes se comen el escenario. La gente va de allá para acá con sus vasos plásticos alegóricos al festival cargados de cerveza IPA.

Xime Monzón Blues Band.
Ya de madrugada, el escenario de argentinos me convoca. Xime Monzón ofrece un show con mucha onda y excelente música. Acompañada por Tomy Espósito, Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza interpreta clásicos del blues soplando su armónica con ganas y desplegando todo su encanto. Con Javier Mozzi cantan una animadísima versión de I believe in music, de Louis Jordan y luego Mauro Bonamico demuestra que además de ser un gran bajista y director musical es un vocalista de la hostia. Su voz grave e intensa se doblega a todos con Eyesight to the blind. Ximena elige socializar la última parte de su show y convoca a una jam. Y así comienza un desfile de músicos y amigos: Nico Smoljan, Mariano D’Andrea, Freddy Muñoz, Ale Ravanello, Martín Burguez, Fernando Ormeño y Ariel Federico. Jes Condado, que poco antes había hecho un set souleado y minimalista en el mismo escenario, sube a cantar It hurts me too. El salón está desbordado de gente y Ximena convoca a sus músicos para el cierre con I feel good… pero falta algo más: Iván Singh esperaba con su guitarra colgada y no se la podía perder. El cierre es suyo con Let the good times roll.

Así es Caxias. Blues para todos y todas. Camaradería entre los músicos y espíritu de jam.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (I)

Escenario Mojo Hand (Foto gentileza Guillermo Martínez)
El blues en Caxias do Sul empieza cuando pisas el Mississppi Delta Blues Bar, una vieja casona restaurada como un auténtico blues bar estadounidense que revalorizó una zona de la ciudad que estaba a la deriva y que fue la piedra basal del festival más grande de América latina dedicado a esa música.

El evento, que celebra su décimo aniversario, se convirtió en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Está montado sobre un viejo predio ferroviario lindero al bar y tiene siete escenarios. El Mojo Hand y el Magnolia son los más grandes. Luego hay dos más pequeños y acogedores: El Front Porch y el Folk Stage. Otros dos son los que están adentro de bares: uno es el del Mississippi y el otro está la lado y lo llamaron DDI 54 porque, por primera vez, está dedicado exclusivamente a músicos argentinos. El restante, el Hot Music stage, se ubica en medio de un patio de comidas y ahí suenan otros géneros musicales.

Ian Siegal y Alamo Leal
El miércoles por la tarde, en la víspera del festival, se realiza el lanzamiento de prensa que tiene al inglés Ian Siegal y al brasileño Alamo Leal como protagonistas. Tras una breve conferencia de prensa en el Mississippi Delta Blues Bar tocan tres temas: Hey Bo Diddley, Stop breakin’ down y How many more years. Por la noche, el lugar abre sus puertas a los primeros adelantados. Faltan 24 horas para el inicio del festival pero la gente quiere blues. Thunder Carlos es el encargado de recibir a los visitantes con su combo de blues tradicional del Delta. Solo con su guitarra Stella toca temas como Trouble in mind, Can’t be satisfied y Highway 61 blues y luego da paso a un set un poco más extendido que el de la tarde de Ian Siegal y Alamo Leal. El inglés muestra toda su versatilidad para interpretar distintos tipos de blues y góspel que entona con una voz profunda y cavernosa. La noche se cierra con una zapada, un clásico del lugar.

Día 1

El público comienza a ingresar cuando el sol todavía calienta la tarde. Hay decenas de puestos. Algunos de grandes marcas y otros que venden libros, cd’s, merchandising, artesanías. Pero los que más abundan son los de comida y, claro está, los de cerveza artesanal. Empieza el peregrinaje por los escenarios. En el DDI 54 está tocando Hernán González, un argentino que vive en Porto Alegre y con su trío eligió un repertorio con varios covers de los Ratones Paranoicos y Pappo. En el Magnolia suena el power trío de Dani Ela y en el Front Porch Thunder Carlos entretiene a unas pocas personas con su sonido del Delta.

Bob Stroger (Foto G.M.)
El primer show fuerte empieza a las 20:00. The Juke Joint Band, de Toyo Bagoso, el organizador del evento, dispara buenas versiones de Old love, Strange brew, Gimme all your lovin’ y Some kind of wonderful. La primera gran ovación del festival llega cuando invitan a Bob Stroger a cantar Let the good times roll. La relación entre el legendario bajista de Howlin' Wolf y el público local es muy cálida. "Es bueno estar otra vez en casa", dice él.

La marea de gente va de acá para allá. Es tiempo de ocupar un lugar en el bar porque se vienen los Headcutters junto a Bob Stroger. El viejo Bob pasa de un gran escenario a una pequeña tarima. La energía y las ganas que le pone para cantar son las mismas. “Me llaman Bob Stroger, pero mi verdadero nombre es Blues”, anuncia en medio de los aplausos. Los Hadcutters arremeten con su sonido vintage y el viejo Bob canta Bad boy.

Big A Sherrod (Foto G:M)
Otra vez de regreso en el Mojo Hand stage. Es tiempo del blues de Clarksdale con Anthony “Big A” Sherrod. Me habían anticipado que su show era 100% blues de juke joint, pero aquí me encuentro con una presentación for export. Sherrod es muy carismático y sabe como entretener al público. Puntea con la boca, tirado en el piso y se baja a tocar entre la gente. El repertorio incluye Every day I have the blues, Cold cold feeling, Got my mojo working, Catfish blues y dos de Howlin’ Wolf: Killing floor y Smokestack lightinin’. Lo acompañan Tomy Espósito (guitarra), Mariano D’Andrea (bajo) y Adrián Flores (batería), quien no puede contener su verborragia y más de una vez impone su vozarrón para presentar a Big A. El sonido es tan fuerte que al salir de allí los tímpanos piden piedad.

Martín Burguez y Freddie Muñoz.
Vuelvo al DDI 54 porque está por empezar el show de Martín Burguez. Lo acompaña su hermano Alberto en teclados, Germán Pedraza en batería y el chileno Freddy Muñoz en bajo. Suenan todos muy ajustados y con ganas. Hacen dos sets de una hora cada uno y tocan temas del Club del Jump, Freddie King, Ray Charles y clásicos como Caldonia y T-Bone shuffle. La gente circula y baila. Martín Burguez toma nota y le pone un poco de rock and roll clásico a la velada con Lucille de Little Richard y boogie woogie cuando invita al escenario al tecladista Luciano Leães. Es un festival y todos quieren divertirse.

Entrada la madrugada, el Mississippi es el último bastión que queda en pie. La jam empieza con los Headcutters, luego suben Nico Smoljan, Javier Mozzi y Mauro Bonamico. Aparece Iván Singh y termina tocando su viola arriba de una mesa ante la mirada atónita de Alamo Leal. Son casi las 4 de la mañana cuando Ian Siegal y Decio Caetano en guitarras, respaldados por Catuto, de los Headcutters, en contrabajo y Germán Pedraza en batería, disputan un duelo de pesos pesados. Es blues en estado puro.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Un viaje con Jagger


Los hinchas de Lanús coparon el Aeroparque. Estaban exaltados con el partido de ida de la finalísima de la Copa Libertadores. Mientras cantaban sus canciones de cancha y revoleaban sus camisetas, los turistas los filmaban y les sacaban fotos. Entre ellos estaba un sesentón canoso, que llevaba un sombrero texano, camisa a cuadros, jeans y usaba unos anteojos de sol redondos como los que inmortalizó John Lennon. Ninguno de esos hinchas se dio cuenta de que estaban frente al hermano de Mick Jagger.

Chris Jagger abordó el vuelo 1230 de Aerolíneas Argentinas rumbo a Porto Alegre. Lo acompañaba Charlie Hart, el músico que toca con él; el legendario Bob Stroger y su señora; y el productor Rogelio Rugilo. Recién arriba del avión Jagger intercambió algunos saludos con Los Mentidores, la banda que anima la escena del blues cordobés. Todos tenían el mismo destino: el festival de blues de Caxias do Sul.

Me ubiqué un par de asientos detrás de Jagger, a quien Rogelio me presentó cuando hacíamos la fila para abordar, y noté que apenas se sacó los auriculares Sony durante el viaje. Al llegar a Porto Alegre, recogimos nuestro equipaje y Jagger mostró su buen humor cuando empezó a cargar a Iván Gómez Singh porque tenía una valija rosa chicle.

Afuera nos esperaba su manager, una morena brasileña muy locuaz, y el chofer de la combi que nos llevaría a Caxias. Jagger se desplomó en el asiento trasero del vehículo y yo me senté a su lado. Se sacó los zapatos y acomodó las piernas entre la ventanilla y el respaldo del asiento que tenía adelante, en el que se ubicó Hart. Me empezó a hablar de fútbol. Estaba sorprendido con los cánticos de los hinchas de Lanús. “Cuando era joven seguía mucho al Tottenham, pero ahora no miro mucho fútbol. Tienen un entrenador uruguayo”, me dijo y enseguida lo corregí. Mauricio Pochettino es tan argentino como el asado.

Traté de llevar la charla hacia la música. Me contó que prefiere tocar solo con Charlie Hart o con su banda y que le cuesta hacerlo con músicos que no conoce. “Si no hay muchos ensayos previos las cosas no salen bien”, dijo. La noche del lunes, Hart y él habían ido al programa de tevé NET, que conduce Germán Paoloski, y les sumaron una sección rítmica comandada por el Zorrito Von Quintiero “Es un muy buen bajista, pero el baterista no me gustó”, sentenció el hermano menor del líder de los Stones. “Es difícil tocar y después dar una entrevista. Tengo el cerebro compartimentado y pasar del modo musical al modo hablado me resulta complicado”, agregó.

Paramos a mitad de camino para comer algo y estirar las piernas. Jagger devoró unos bolinhos que se veían tentadores pero poco saludables. Al verlo comer en ese parador rutero pensé en la vida diametralmente opuesta que tiene a la de su glamoroso hermano a pesar de que se dedican a lo mismo. Seguimos viaje y si alguno de los pasajeros pensó que podría dormir estaba muy equivocado. Jagger no paró de hablar y hacer preguntas. “¿Cómo se llama esta región de Brasil?”, “¿Hablan portugués en otros países de América?”, “¿Cuál es la inflación de Argentina?”, “¿Qué pasó con Mugabe en Zimbabwe?”.

Se comió medio paquete de Mentos mientras teorizaba sobre las similitudes geológicas de Brasil y África, o elogiaba las rutas de Australia. A medida que nos fuimos adentrando en los morros, el andar de la combi se volvió brusco. Empezamos a subir y Jagger sentenció: “El único camino es hacia arriba” y se puso a cantar a capella Learning to fly, de Tom Petty. Había activado el modo musical: siguió con Up on cripple creek, de The Band, y una más que no reconocí. Los otros pasajeros parecían ignorarlo. Ya ni Charlie Hart, que le había seguido el tranco de la conversación, se sumó a su fogón imaginario.

“¿Cuánto falta?”, preguntó cuando ya casi llegábamos. Parecía aburrido y empezó a bostezar con ganas.

El paisaje selvático se transformó en urbano. Habíamos llegado. “Necesito comprar cuerdas para mi guitarra”, le dijo a su manager cuando pasamos por la puerta de una casa de música en una avenida no identificable de Caxias. “Después, Chris”, le respondió ella. Y él se quejó por que no sabría cómo regresar a ese lugar.

Llegamos a su hotel, el Personal, e ingresó con mucha dificultad su equipaje por la puerta giratoria cuando tenía una puerta común al lado. Volvió a salir y cuando se dio cuenta que yo iba a otro hotel se despidió cortésmente. “Nos vemos en el festival”.


lunes, 13 de noviembre de 2017

El legado de Mr. Wilson


Kim Wilson hizo a un lado el sonido más moderno y marcadamente souleado de los últimos discos con los Fabulous Thunderbirds para volver a las fuentes. Hacía 11 años que no editaba un álbum solista y para hacerlo viajó en el tiempo, hacia la década del cincuenta, con una notable selección de músicos.

Blues and boogie fue grabado en vivo y en mono en California durante los últimos dos años. En ese lapso, el cantante y armoniquista tuvo que sobreponerse a la muerte de dos sus camaradas -el pianista Barrelhouse Chuck (10 de julio de 1958 / 12 de diciembre de 2016) y el baterista Richard Innes (9 de abril de 1948 / 26 de marzo de 2015)- que venían trabajando activamente con él. El resto de los músicos que lo acompañaron fueron los guitrristas Billy Flynn, Big John Atkinson, Nathan James y Bob Welsh; el ex bajista de Canned Heat, Larry Taylor; y el baterista Marty Dotson que ocupó el lugar que dejó vacío Innes.

“Quiero que todos los fans del verdadero blues sepan el amor que le puse a este proyecto. Estuve grabando muchos temas durante un par de años y ahora es el momento de presentarlos. Dos grandes músicos murieron en el camino y entre sus sueños estaba ver este disco terminado. Así que aquí está, el primero de muchos por venir”, escribió Wilson en las notas del CD.

El álbum tiene 16 temas: cuatro fueron compuestos por Wilson y los restantes son covers de los grandes maestros del blues de Chicago: Blue and lonesome y Teenage beat, de Little Walter; Ninety nine y From the bottom, de Sonny Boy Williamson II; You upset my mind, de Jimmy Reed; Look watcha done, de Magic Sam; y los clásicos Worried life blues y Mean old Frisco, entre otros.

Wilson abrió el arcón de sus recuerdos musicales. Se reencontró con el viejo blues y sumó a su proyecto a músicos acordes para la ocasión, muchos de los que conforman la cofradía del blues retro de San José. Un solo de armónica, una guitarra con slide, el canto profundo de You’re the one o la rítmica marcando unos tiempos de antaño son algunas de las características esenciales de este extraordinario álbum.

En palabras de Wilson: “Le dedico este CD a mi gran hermano James Cotton. Él siempre fue una gran inspiración y un querido amigo. Cuando era un chico, la pasaba muy bien escuchando a los maestros del blues y nunca me imaginé que viviría en un mundo sin ellos. Cada vez que abro la boca para cantar o tocar la armónica, lo hago por ellos. Hay cientos de temas grabados y sigo haciéndolo. Realmente creo que este es el momento en el que tengo que empezar a dejar mi legado. Nunca lo podría haber hecho sin mi familia de maestros que inventaron esta música y los músicos que están en este CD”.


martes, 7 de noviembre de 2017

El maestro y su discípulo


El alumno y el maestro, juntos por primera vez. Leo Parra Castillo y Gabriel Grätzer llevaron el country blues al corazón de Palermo. Fue el lunes por la noche, ante una buena cantidad de gente que llegó hasta el bar Sheldon para escuchar a estos dos notables exponentes de un género que hace décadas trascendió las fronteras de los ríos Mississippi y Yazoo.

Leo Parra Castillo es, probablemente, uno de los mejores cantantes de blues del momento y un intérprete visceral y talentoso. En algún punto él va descubriendo y puliendo su estilo a medida que nosotros lo vamos conociendo a él. Y Grätzer ya lleva 25 años, ¡un cuarto de siglo!, tocando esos viejos blues rurales de Tommy Johnson y Memphis Minnie, que le confieren una autoridad indiscutible.

La noche comenzó con Parra Castillo calentando las cuerdas de su guitarra con una hipnótica versión instrumental de Hill stomp, de Robert Belfour. Y después se lanzó a capella con Grinnin’ in your face, que empalmó, ya con la guitarra, con Death letter, ambas de Son House. Como un buen storyteller contó la historia de las cartas de muerte y la de ese tema en particular. Y a continuación siguió con Special rider blues, de Skip James, que también menciona una carta: “I got a letter / An how do you reck'in it read? / You better hur' up an come home / Because yo' special rider, she's dead”. Y del Missippi más profundo pasó a Hear my train a comin', de Jimi Hendrix, e hizo un análisis de cómo una lesión en el tobillo del guitarrista, durante su paso por el Ejército, cambió la historia del rock para siempre. Para el cierre se guardó altas dosis de Hill country blues con See my jumper hanging on the line, de R.L. Burnside.

Y el alumno dio paso al maestro. Grätzer arrancó con Pick poor robin clean, un antiguo ragtime blues, en modo instrumental. Y, al igual que Parra Castillo, para calentar las cuerdas vocales, brindó una versión a capella de Cornfield howler. Tras esa introducción Grätzer desplegó lo más clásico de su repertorio: Maggie Campbell blues (Tommy Jonson), Harbor of love (Stanley Brothers), Stack O Lee (Mississippi John Hurt), Black rat (Memphis Minnie) y Highway 49. Y entonces se produjo el encuentro trascendental en el que el maestro presentó con orgullo a su discípulo, y éste agradeció con emoción a su mentor. Juntos tocaron Canned heat blues/Big road blues, cantando a dúo, y se despidieron con Night time is the right time.

Y así se fue otro Blue Monday de Bluscavidas, con los sonidos del campo en plena ciudad y con el traspaso simbólico de la antorcha del blues más tradicional.