miércoles, 25 de abril de 2018

La mensajera


Sol Bassa armó su propia línea de tiempo artística. Primero agrupó un puñado de canciones instrumentales propias y el resultado fue el exquisito disco Dedos Negros. Al mismo tiempo, decidió preservar otros temas que tenía escritos en los que se animaba a cantar. Los guardó durante casi dos años, sumó un par de composiciones nuevas, y así nació Calles de Tierra. Dos proyectos distintos, pero complementarios a la vez, que ahora comparten el mismo espacio.

En su nuevo trabajo, la guitarra de Sol y la voz de Sol conforman el mensaje.

Y de mensajes habla El Mojo, el primer tema del álbum. “En cada ventana hay algo para mostrar. Subí tu persiana hay mucho para sacar. En cada canción hay una historia, una historia de amor un mensaje eterno. La música nos une, el éxito es encontrarnos”. El canto de Sol se eleva sobre un boogie poderoso de riffs frenéticos, impronta punk y un solo voraz con slide.

La voz de Sol no es la de una cantante que puede hacer temblar un teatro con la extensión del vibrato. Se trata de una voz muy natural, por momentos casi infantil, que se combina a la perfección con el sonido integral de la banda y la furia templada de su guitarra. “Cantar me da la posibilidad de transmitir el mensaje. Es un objetivo que tengo desde siempre. Día tras día voy construyendo ese camino”, me dijo Sol durante una entrevista en la radio.

El segundo tema del álbum ya se perfila como uno de los mejores del año. El misterio de Negrita tiene todo lo que una buena canción tiene que tener. Una gran letra, una melodía pegadiza, riffs demoledores y punteos en los que se palpa la marcada influencia Johnny Winter y Jimi Hendrix. El tema suena, por momentos, a los primeros años de Pappo’s Blues, aunque no deja de ser una composición muy original. “El misterio de Negrita quedó plasmado en el tejado, el vigilante de la esquina cometió un asesinato. Las vecinas alarmadas añorando a Negrita, el vigilante de la esquina no ha sido imputado”. Para escribir la canción Sol se inspiró en un libro de cuentos de Mariana Enriquez y en todo lo que sucedió alrededor del caso de Santiago Maldonado. “La memoria no se borra, la memoria no se agota, quedó viva en nuestras fotos, quedó viva en el barrio”.

Pampa del Sur suena bastante más country, tal vez por el aporte de Santiago “Rulo” García en el Lap steel y la letra que la convierten en una canción bien rutera. Sigue con Océano, una balada con mucho clima en la que también toca “Rulo” García: “Decidimos volar, cruzar este océano ir más allá. Las palabras del final, escapando de tus brazos”. La Caja de la Esencia comienza con el slide de Daniel Cornejo, que se encarga en el resto del disco de las guitarras rítmicas, la banda se suma con mucha cadencia y Sol canta: “No elegí mi nombre, elegí tocar blues. No elegí mi suerte, elegí tocar blues”. Y la ese de blues se estira, como si le costara despegarse de sus labios. “En la caja de la esencia guardaré mis discos, guitarras viejas, rutas pasadas. Algunas fotos de mis amigos”. Ahí están sus recuerdos, su pasado, su génesis.

“Cuando me pongo a construir una canción trato de que la música tenga que ver la letra”. Esa definición de Sol es muy justa y resume lo que buscó con Calles de Tierra. En Somos los de Abajo en el 14 “A” también vuelve sobre el mensaje y se vuelca a un sonido denso y perturbador. En Demorados levanta su bandera y “brinda por su verdad”. “Apuesto al crear en la palabra, en la memoria. En el punto de partida, en no volverte a encontrar” canta con la fuerza de su espíritu y desde su más profunda convicción. El disco termina La Brujúla, otro tema con aire rockero en el que asegura que lo suyo no se detiene: “Voy a seguir viajando en medio de tanto barro. En este mundo de pantanos algún refugio habrá”.

Sobre el final, perdido, aparece un blues instrumental, a la inversa de Dedos Negros, que terminaba con un track oculto cantado por Sol.

Calles de Tierra es una muestra del talento compositivo e interpretativo de Sol Bassa, pero también la síntesis de un trabajo en equipo. Porque además de las guitarras que aporta Daniel Cornejo y la fluida y consistente sección rítmica de Nicolás Silva (bajo) y Rodrigo Benbassat (batería), más los ocasionales coros de Verónica Bonafina, el grupo suena completamente amalgamado y los arreglos son la expresión de una construcción colectiva con Sol Bassa, la mensajera, a la cabeza.


domingo, 15 de abril de 2018

Auténtico y novedoso


Hace poco salió una nota en el diario El País de España en la que su autor, Fernando Navarro, sostiene que el nuevo disco de Ben Harper y Charlie Musselwhite “reivindica un género en vías de extinción”. Una sentencia completamente errada. El blues no corre peligro de desaparecer porque es un género dinámico, evolutivo, que está en constante expansión y que también ofrece muchísimo para descubrir hacia atrás. Sin embargo, aquí es donde colisionan dos posturas. Por un lado, determinados puristas cuestionan y atacan todo lo que se aleje de lo que ellos consideran blues. Y por el otro, están los músicos de la nueva generación (y oyentes), que llegan con otro bagaje musical, mucho más amplio que el de sus predecesores, que a la hora de componer, tocar y grabar (y escuchar) lo hacen a su manera, a veces ampliando los límites de la tradición. Los puristas tienen como misión preservar y difundir el sonido de antaño y promocionar a los músicos vivos que se ajustan a ese parámetro. Una tarea enorme y respetable. ¿Pero está bien hacerlo descalificando, criticando, insultando a todos los demás?

Charlie Musselwhite nació hace 74 años en Kosciusko, Mississippi, creció en Memphis y se formó musicalmente en Chicago con maestros como Little Walter, Carey Bell y Walter Horton. Trabajó y vivió en la disquería de Bob Koester, creador del sello Delmark, y fue amigo de Big Joe Williams y John Lee Hooker. Editó más de 30 discos, y tocó y grabó con músicos como James Cotton, Billy Branch, Luther Tucker, Fenton Robinson, Louis Myers y muchos más. Le sobran pergaminos y no debe rendirle cuentas a nadie. Harper tiene 48 años, es californiano y su música está conformada por una amplia paleta sonora y multicultural que incluye folk, blues, soul, gospel, reggae, funk y rock. La sociedad entre ambos, que comenzó en 2013 con la edición del extraordinario disco Get up!, es una de las mejores cosas que le pasó a la escena musical en el último tiempo.

Musselwhite y Harper no vienen a salvar al blues porque el blues no necesita salvadores. Y tampoco están para borrar la historia con el codo. Ellos vienen a aportar lo suyo, transmitir su arte, y encontraron su forma de hacerlo a través del blues. No mercy in this land es un extraordinario assemblage de estilos que sigue la línea del disco anterior. Harper escribió la mayoría de las canciones, canta y toca guitarras acústicas y eléctricas, mientras que Musselwhite vierte con su armónica el toque del Delta y Chicago. Además, los acompañan Jesse Ingalls en bajo y teclados, Jason Mozersky en guitarra y Jimmy Paxson en batería.

El disco comienza con When I go, un spiritual que deriva en una descarga eléctrica y la voz comprometida de Harper se fusiona con el sonido cautivante de la armónica de Musselwhite. Siguen con Bad habits, un blues animado en el que hacen referencia a las mujeres, el alcohol y las drogas. Love and trust es el primer tema acústico, más en la onda solista de Harper, con unas hermosas armonías vocales. En The bottle wins again vuelve sobre la temática de Bad habits, pero aquí la voz de Harper pierde un poco de prestancia, aunque sobresale con un exquisito solo de guitarra. Found the one tiene un groove más contagioso gracias al repiqueteo perpetuo de la batería. Promediando la mitad del álbum, el dúo se sumerge en la balada When love is not enough, una hermosa y conmovedora composición que cae en la obvia conclusión de que con el amor no es suficiente.

Trust you to dig my grave es un blues acústico que nos lleva al Delta del Mississippi, aunque la voz de Harper también le da ese toque personal cuando desestructura el estribillo con una sorpresiva melodía. El tema que da el nombre al disco es otro mano a mano acústico entre Harper y Musselwhite en el que el armoniquista también aporta su voz curtida y profunda. Aceleran sobre el final con un sonido más crudo en Movin’ on y cierran con la seductora balada Nothing at all, que se va con un solo de Musselwhite con el que demuestra toda su versatilidad.

No mercy in this land no es un disco enteramente de blues, pero es otro camino para que el blues se abra a nuevos públicos. Se trata de un puñado de canciones interpretadas con mucho sentimiento, que suenan muy bien y que dejan, en conjunto, una sensación de que en ellas hay algo muy auténtico y novedoso.


El blues como resistencia vital - El País de España

sábado, 7 de abril de 2018

La zurda endemoniada


Igor Prado está en llamas. Su zurda endemoniada ataca las cuerdas de su Strato con furia y el sonido reverbera en la amplia sala de Lucille. Igor se contornea como una serpiente a punto de atacar a su presa. Usa la púa y también los dedos. Agita a un público cautivado por su técnica y magnetismo. Igor Prado es un artista de las grandes ligas. Un verdadero as de espadas de la guitarra blusera.

Acompañado por Jay Jay Troche en armónica (y ocasionalmente en voz), Gonzalo Ros en teclados, Darío Scape en contrabajo y Pato Argüello en batería, más el aporte en algunos temas de Yair Lerner en trompeta y Federico Álvarez en saxo, el guitarrista brasileño arremete con un show vibrante que no da respiro, ni siquiera cuando bajan los decibeles para un blues lento. Prado es dueño absoluto del escenario y, por ende, de la sala. Sus solos rebozan de virtuosismo y están cargados de pasión. Y su voz es descomunal

Con Upside down literalmente nos da vuelta. Homenajea a Lynwood Slim con Bloodshot eyes y Shake it baby, donde hace un tremendo solo con scat antes de empalmar el cierre con Susie-Q. En No more doggin, Jay Troche sopla su armónica mientras Prado acompaña con mucho swing y la brisa del West Coast invade la coqueta sala palermitana. Los respalda con contundencia la sección de vientos y una base rítmica muy constante. Troche se anima a cantar en español Don’t touch me, y le da una nueva vida al clásico de Johnny “Guitar” Watson. Del sonido envolvente de la banda pasan a un mano a mano de armónica y guitarra en el que Prado canta un tema de Al Green y otro de Snooks Eaglin.

Prado cita a sus máximas influencias -T-Bone Walker, Pee Wee Crayton y Lowell Fuslon- y se lanza a la aventura de Blues after hours. Desciende por la escalera y se pierde entre el público. Se sienta en una silla y deja que una mujer que está en la mesa rasgue las cuerdas de su guitarra con la púa. Se levanta y avanza. Se topa con Julio Fabiani y le entrega la Strato para que el violero de Támesis siga con el solo. Igor vuelve al escenario y ya tiene a todo el público en la palma de la mano. Bajará dos veces más a tocar entre la gente y también invitará al maestro a Daniel Raffo para que lo acompañe en Baby you don’t have to go. “Igor ya es todo un bluesman”, dirá Raffo al terminar el show.

Lucille es una fiesta. Prado vuelve sobre otro tema de Watson, Those lonely nights y le deja otra vuelta de solo a Gonzalo Ros, que saca un sonido hammond fantástico. Y entonces llega el final, nadie lo quiere, pero es inevitable. Igor recuerda que llegó al blues porque su padre escuchaba el rock and roll de Chuck Berry y Little Richard. Y entonces se va con Lucille, en el único acto de demagogia de la noche. La zurda endemoniada, una vez más, agita las cuerdas y las almas se sacuden a su ritmo.

A PURO SOUL 

La previa del show de Igor Prado estuvo a cargo de la cantante Florencia Andrada, que desplegó media docena de temas propios con una gran puesta en escena y una banda ajustadísima, cada vez más afín al sonido Daptone. Cantó temas de sus dos discos -Otra realidad (2012) y A pesar de la tormenta (2016)- y brilló con su presencia arriba del escenario. Julio Fabiani y Facundo Rojas se encargaron de las guitarras, mientras que la rítmica estuvo en manos de Mauro Bonamico y Homero Tolosa. Completaron la formación Julia Rosa en percusión; Carmen Costa y Camila Castagna en coros; y Yair Lerner, Jorge Cavero y Santiago Zarba en vientos. Más allá de la belleza que irradia Florencia Andrada y el exquisito groove de su música, sus letras son sinónimo de resistencia. En tiempos oscuros y con un futuro incierto, ella nos llama a resistir y a no caer.

jueves, 29 de marzo de 2018

¿Quién era esa chica?


La historia del blues del Delta del Mississippi está llena de personajes oscuros que registraron un puñado de canciones y luego se los tragó la tierra. Historiadores y musicólogos intentaron durante años reconstruir sus vidas con muy poco éxito. Si no hubiera sido por algunos entusiastas que propiciaron el revival blusero de los sesenta tal vez algunas figuras como Mississippi John Hurt, Son House, Fred McDowell, Skip James, Lonnie Johnson y Bukka White hubieran corrido la misma suerte. Ellos pudieron volver a grabar y presentarse en vivo tras décadas de ostracismo y, sobre el final de sus vidas, obtuvieron un reconocimiento que ya no esperaban. Pero otros no aparecieron más y, en algunos casos, ni fotos suyas hay.

Entre las décadas del veinte y del treinta floreció en el Mississippi, especialmente en la región del Delta, una escena musical dispersa que sentaría las bases del blues. De no haber sido por aventureros y cazatalentos que se lanzaron con muy pocos elementos en busca de nuevos sonidos, la historia de la música contemporánea no sería tan rica. Afortunadamente discográficas como Paramount, Vocalion, Okeh, Brunswick, Gennett, Bluebird y R.C.A Victor, entre otras, grabaron a muchos de estos músicos que tocaban en los porches de sus cabañas u ocasionalmente en alguna fiesta en pequeños pueblos a los que solo se llegaba por una ruta polvorienta.

Uno de los grandes enigmas del género es el de Mattie Delaney, una guitarrista y cantante que dejó apenas dos canciones: Down the big road blues y Tallahatchie river blues. Esos temas fueron grabados por el sello Vocalion en febrero de 1930 en Memphis. Muy poco más se sabe sobre ella.

Según el coleccionista John Tefteller, apenas hay cinco copias originales del disco de 78 rpm de Delaney (el compró uno en no muy buen estado por 3 mil dólares) y los únicos datos concretos que se conocen de ella es que había nacido en 1905, aunque no se sabe la fecha exacta, y que en su canción Tallahatchie river blues refiere a una gran inundación que afectó al Mississippi, probablemente la de 1927.

Por su parte, el prestigioso musicólogo David Evans analizó en su libro Big Road Blues: Tradition and Creativity in the Folk Blues las raíces de ambos temas de Delaney. Sobre Down the big road blues explica que contiene la estrofa principal del Big road blues de Tommy Johnson y una frase utilizada por Willie Brown en su M&O blues. En tanto, en la otra canción, Evans afirma que tiene una melodía similar a la de High water everywhere Part II de Charley Patton y que su guitarra está afinada de la misma manera en que lo hacía Johnson. Su conclusión, por ende, es que Delaney estaba empapada de la tradición de Drew, el pueblo del que era oriundo Johnson y muy cercano a la plantación Dockery, donde surgió Patton.

Los historiadores Stephen Calt y Gayle Dean Wardlow, autores del libro King of the Delta Blues: The Life and Music of Charley Patton, afirman que Mattie Delaney era un seudónimo de Mattie Doyle, quien se mudó a Memphis poco después de la gran inundación de 1927 desde su casa ubicada en medio de los pueblos de Howard y Tchula. Pero en el libro Nobody Knows Where the Blues Come From, Robert Springer los contradice con datos del censo realizado por el Gobierno de los Estados Unidos en 1930 que registró a una Mattie Delaney, de 25 años, que vivía junto a su abuelo Jeff Melton, un herrero de 70 años, en una granja de Glendora. Y eso es prácticamente todo lo que se sabe o se cree saber sobre ella.

Lo cierto es que las dos canciones de Mattie Delaney, que están incluidas en el CD Mississippi Masters-Early American Blues Classics 1927-35 (Yazoo Records), dan cuenta de una artista inusual para la época, ya que no era muy frecuente ver a una mujer acompañándose por la guitarra -más allá de la figura importantísima de Memphis Minnie- y son parte de la rica, misteriosa e insondable historia primaria del blues.


martes, 20 de marzo de 2018

El cancionero del maestro


Primero fue Adrián Otero con El jinete del blues (2012) y luego La Mississippi con Inoxidables (2015). En ambos casos, abordaron canciones históricas del rock y el blues argentino y las versionaron a su manera. El ex cantante de Memphis lo hizo con una onda crooner, mientras que la banda de Ricardo Tapia con un sonido más rockero.

Ahora llegó el turno del repaso estelar de Botafogo. Aryentain Blus Selebreishon (sic) contiene 16 canciones que abarcan 40 años de música. Acompañado por Rafa Pravettoni en bajo, Luciano Scalera en batería y el rosarino Franco Capriati en armónonica, Botafogo le puso su voz y, con arreglos novedosos, revivió canciones que conocemos todos, con mucho respeto por las originales.

El disco comienza con una encendida versión de La pálida ciudad, un tema que escribió Kubero Díaz y que Billy Bond y la Pesada editaron en el disco Vol. II de 1972. Bota canta como si estuviese escupiendo furia urbana mientras que con su guitarra descarga riffs frenéticos en sintonía. Desacelera enseguida con Mi último blues, una composición de Celeste Carballo que aquí la interpreta en modo Chicago gracias al efecto hipnótico de la armónica de Franco Capriati. Luego toma una guitarra resonadora, comienza a deslizar el slide y la sección rítmica lo acompaña con un tenue repiqueteo para una extraña versión de Maldito piano, de Las Blacanblus, que Bota canta como “maldita guitarra”.

Casi como un mantra recurre a Avellaneda blues, una canción que, como ninguna otra sintetiza la historia del blues argentino. La guitarra de Bota suena jazzy y al cantar logra, efecto mediante, una voz similar a la de Javier Martínez. Vuelve a los noventa otra vez con el clásico de La Mississippi, Blues del equipaje, que comienza con un piano de boogie woogie a cargo del maestro Ciro Fogliatta antes de que Franco Capriati sople su armónica con mucha intensidad. Retorna a los setentas con Chicas que patinan, de La Banda del Paraíso, y una vez más a desenchufa todo y se embarca en las Rutas argentinas, de Almendra, con un Franco Capriati sumido en éxtasis. Para Blues del atardecer vuelve a imponer una clave jazzeada, con exquisitos arreglos de guitarra y de armónica sobre una base con mucho clima.

Otra vez el piano de Fogliatta aparece en la intro bluseada de La rusa se fue con los basureros a la que Bota le cambió el tempo de la versión original. Lo mismo sucede con Moscato, pizza y fainá, que además tiene una impronta acústica que no la hace perder su estribillo tan conocido. Como en La rusa… Bota repasa su propia historia y reversiona Se fue, de Durazno de Gala. Tras un largo prolegómeno con la guitarra arrastra la voz para el primer verso de Copado por el Diablo, y así, casi sin levantar el amperímetro atraviesa con mucha pasión los 5:27 que dura la canción. Con la voz quebrada rinde homenaje a Edelmiro Molinari con Mañana por la noche y convierte en un shuffle el rock and roll Tengo 40 millones de Moris. Para el final se reserva dos temas de su máximo ídolo, el hombre que le dio su primera oportunidad como músico profesional: Pappo. Bota transforma en un blues el frenesí rockero de Completamente nervioso, de Aeroblus, y cierra con el Blues de Santa Fe, tocándolo al ritmo de ZZ Top, pero como poseído por John Lee Hooker.

Si bien la propuesta no es original, es algo que artistas y bandas de fuste suelen hacer cada tanto. Además de los mencionados Otero y La Mississippi, en el plano internacional lo hicieron Clapton, los Stones, Aerosmith, Patti Smith, Bryan Adams, Paul McCartney y muchísimos más. Lo importante, que hace que el disco viva y no muera en el intento, es que las interpretaciones mantengan cierta fidelidad con las originales, pero que también tengan el sello de quien las está reversionando para que no se conviertan en meras copias o en adaptaciones inexplicables. Bota pasó de la bronca contra todo del disco anterior a mirar para atrás para rendir homenaje a las canciones que lo moldearon como músico. Y el maestro logró hacer que esos temas ahora sean también suyos.


miércoles, 14 de marzo de 2018

La Primera del Blues


Nick Moss recorrió un largo camino. De niño, su madre lo llevó a ver varias veces en vivo a Muddy Waters y así forjó su pasión por el blues. Empezó a trabajar como músico profesional tocando el bajo para Buddy Scott y dos años después fue contratado por Jimmy Dawkins. Luego pasó a la banda de Willie “Big Eyes” Smith, quien lo convenció de que tocara la guitarra. Tiempo después se convirtió en el guitarrista de Jimmy Rogers. En 1997, formó su propio grupo con el que editó una decena de discos para el sello Blue Bella Records y se transformó en uno de los músicos más consistentes y buscados de la Ciudad del Viento. Ahora, a los 48 años, le llegó el momento de dar el gran salto.

Con el respaldo de Bruce Iglauer, la producción artística de Kid Andersen y el aporte musical del armoniquista Dennis Gruenling, Moss acaba de lanzar su disco debut para el sello Alligator, probablemente el mejor álbum  de toda su carrera. Con un sonido moderno, pero con la impronta de la vieja escuela, Moss y Gruenling encaran un repertorio variado que incluye ocho composiciones del guitarrista, dos del armoniquista y tres covers: Get your hands out of my pockets, de Otis Spann, el instrumental All night diner de Santo & Johnny y la Rambling on my mind de Boyd Gilmore.

La banda que los acompaña está conformada por Taylor Streiff en piano, Nick Fane en bajo y Patrick Seals en batería. Los vientos los aportan Eric Spaulding (saxo tenor) y Jack Sanford (saxo barítono). Jim Pugh, ladero durante décadas de Robert Cray, contribuye con su exquisito toque en el hammond en All night diner y al piano en Lesson to learn, en la que también se suma la guitarra rítmica de Kid Andersen. Justamente el músico noruego, el productor número uno de blues del momento, tuvo un rol determinante para que este disco capturé la esencia musical de Moss y logré amalgamarla a la perfección con el sonido voraz de la armónica de Gruenling.

Desde los primeros poderosos riffs de Crazy mixed up baby hasta He walk with giants, la oda al difunto Barrelhouse Chuck, el blues de Chicago brota por todas partes, aunque también es palpable la similitud estilística con aquellos discos de Alligator de Little Charlie & The Nighcats, una banda que marcó a fuego a Moss cuando todavía tenía un largo camino por recorrer.

Así lo resumió Iglauer: “Es muy excitante traer artistas a Alligator que están tan profundamente ligados al blues de Chicago, pero creando nuevas canciones y llevando la tradición hacia adelante. La guitarra cruda de Nick suena emocionante y además es un cantante honesto con una banda dura como una roca. Y Dennis es un maestro de la armónica y un showman tremendo. Esta es una sociedad de dos verdaderos talentos que los fans del blues van a amar”.

The high cost of low living es un álbum fabuloso, se disfruta de punta a punta, y representa el ascenso de Moss a la Primera del Blues, una categoría de la que seguramente no bajará.


miércoles, 7 de marzo de 2018

El blues de la creatividad


Los Easy Babies venían de tocar en el Roxy y tomaron la invitación de hacer un Sheldon pocos días después como un desafío a la creatividad. El local ubicado sobre la calle Honduras invita a una propuesta más relajada y así lo entendieron Mauro Diana y compañía. La noche del lunes, encararon el show sentados, una verdadera novedad para ellos, con un formato electroacústico y algunas sorpresas.

Mauro Diana se sentó en el medio. Federico Verteramo sew ubicó a su derecha y Roberto Porzio a su izquierda. Atrás, con una batería reducida -redoblante, hit-hat y una valija que hizo las veces de bombo- se ubicó Homero Tolosa. Comenzaron con Ironic twist, un instrumental de Jimmie Vaughan, que les sirvió para aclimatarse. Tras esa introducción, Mauro Diana presentó a la banda y anunció que el siguiente tema sería El truco del olvido, uno de los clásicos de la banda. La tocaron en un tempo más tranquilo, con el repiqueteo sutil de las escobillas sobre el redoblante y punzantes intervenciones de los guitarristas.

Siguieron con El hilo se cortó, una versión con más groove que la original y con un solo lacerante de Fede Verteramo. En Lejos de vos, del Ciego Goffman, mostraron unos arreglos novedosos, lo mismo que en Tipo raro, que a pesar de ello no perdió su melodía altamente adictiva. Cuando terminaron con ese tema, Homero Tolosa y Roberto Porzio intercambiaron roles. Rabioso y aturdido, una canción que según Mauro Diana “no representa en absoluto como estamos ahora” los encontró en puestos poco habituales. El baterista sorprendió con exquisita intervención en la guitarra y el maestro Porzio, imperturbable como siempre, mostró que la percusión se le da muy bien.

Y el hit -no el del verano, sino el de la banda- llegó con Homero Tolosa cantando y tocando el washboard y Roberto Porzio atacando las cuerdas de su guitarra con el slide. Y, como siempre, la gente acompañó cantando Conseguite otra mujer. La cigar box guitar de Porzio salió a la cancha para una moldeada versión de Se derrumbaron. Y luego vinieron más sorpresas: Fede Verteramo cantó Pierdo el rumbo, con cierto aire jazzeado, y Porzio hizo lo mismo en Todo lo que tengo y Haciendo las cosas bien. La banda saludó al público y se despidió con No pibe, que según Mauro Diana -y también Claudio Gabis- es el primer blues cantado en español.

Easy Babies mostró el lunes a la noche que es una banda emblema del blues en español. En tiempos en que componer canciones se volvió algo difícil, este cuarteto sigue por la senda que se trazó hace más de 15 años. Blues en nuestro idioma sin recurrir a la palabra nena, con mucho espíritu, buena onda y gran creatividad.

jueves, 1 de marzo de 2018

Temple blusero


Leo Parra Castillo necesita apenas unos segundos para llevarnos en un viaje imaginario a lo más profundo del Mississippi. Con la intro con slide de Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson, nos ubica en el porche de una precaria cabaña de madera. La armónica de Fernando Vázquez se suma al sonido metálico de la guitarra y Leo Parra esboza un tarareo sutil mientras empalman con Freight train blues, de Fred McDowell. Homero Tolosa arremete con un repiqueteo candente desde la batería y la espesura del Delta nos cubre por completo. Leo Parra eleva su voz con la fuerza de su espíritu. Todo fluye con absoluta naturalidad. Es como si este joven colombiano fuera un viejo bluesman, curtido y olvidado, que canta como desde hace décadas.

Big road es su primer disco. Logró editarlo gracias al sistema de crowdfunding y la excelente producción artística de Julio Fabiani. El álbum es la materialización de decenas de shows en los que Leo Parra cautivó al público con un temple blusero pocas veces visto. Sus interpretaciones son muy pasionales y su técnica con la guitarra es exquisita. El repertorio equivale a una breve enciclopedia de blues sureño.

Tras la poderosa intro Leo queda solo con su guitarra y slide para una ardiente versión de Last time blues, de Papa Charlie McCoy. Luego se distiende con una melodía más animada y la compañía en armónica de Andrés Fraga y el contrabajo de Mauro Bomanico en Born and living with the blues, de los legendarios Sonny Terry y Brownie McGhee. Con el boogie hipnótico de John Lee Hooker nos pone en la piel de ese vagabundo desamparado que está lejos de casa que describe la letra de Hobo blues. Con los clásicos de Tommy Johnson, Canned heat y Big road, nos invita a recorrer un camino polvoriento rodeado de plantaciones de algodón y desesperanza.

En Born dead revive al mismísimo J.B. Lenoir con una interpretación conmovedora y acto seguido rompe con lo que venía haciendo y demuestra que si se pone a cantar soul también lo puede hacer con majestuosidad. Lo que logra con Ain’t no love in the heart of the city, de Bobby “Blue” Bland, respaldado por Mauro Bonamico y Homero Tolosa, más el aporte de Yair Lerner con la trompeta, es una maravilla conceptual. Y entonces deja Memphis y vuelve al corazón del Delta y canta la poderosa Death letter, de Son House, con la armónica de Fernando Vázquez en estado de ebullición. El disco se va con Leo Parra reescribiendo a Skip James con una soberbia versión de Special rider, en la que Mauro Bonamico y Homero Tolosa marcan la base rítmica con prestancia y sobre el final comienzan improvisar una especie de chacarera mística. El disco tiene un track oculto: Leo Parra, completamente despojado de instrumentación, canta a capela Grinnin’ in your face.

Big road es todo lo que esperábamos de él. El mérito es suyo y también de Julio Fabiani, que supo armar el contexto musical adecuado para que el artista brille con toda su intensidad. Hasta la portada del álbum, con una muy buena ilustración de Sebastián Mercau, logró captar el espíritu de Leo Parra, el de un viejo bluesman oculto en el cuerpo de un joven.


domingo, 18 de febrero de 2018

No hay dos sin tres

BGC Trío - Blues de Soledad. Bada, Goffman, Costales es una de las bandas más persistentes de la escena del blues local. A veces puede presentarse como dúo, con Bada y Goffman, o como cuarteto sumando a Natalia “Chica” Ciel. Pero es como trío que logró ganarse un lugar y convertirse en el emblema del blues tradicional cantado en español, una rara combinación sonora e idiomática que muy pocos pudieron amalgamar sin caer en excesos o clichés. Este trío de guitarra, voz y armónica lo viene haciendo de manera sostenida desde hace varios años. Ahora acaban de lanzar su segundo disco en el que, una vez más, la pluma de Javier “Ciego” Goffman se combina con las adaptaciones musicales del maestro Carlos Bada. La poética filosa del “Ciego” se percibe en Buena salud, Presidente rumbero, Hablando con un perro y Solo, pobre. Pero lo mejor del trío aparece en Hoy tengo tengo los blues (Y mañana también), un verdadero manifiesto en el que Bada despliega toda su técnica con el slide, mientras que Costales sobrevuela la melodía con su armónica serpenteante y el Ciego bate la justa con mucha pasión. Otro gran momento es No va a hacerte bien, la versión que inspiró el Conseguite otra mujer de los Easy Babies, aunque haya sido grabada mucho después. El disco tiene un breve pasaje en el que tocan algunos clásicos cantados en inglés como Big road blues, de Tommy Johnson, y Me and my whiskey, de Barbecue Bob, entre otras. Sobre el final hay más en español con una evocación personal del Ciego a Buenos Aires y ácida Garganta vieja. En síntesis, Blues de Soledad es un disco más que interesante para escuchar blues tradicional, pero con letras que no necesitan traducción.

El Rufián Melancólico Trío - Esto no es rock and roll. Néstor Bouzigues es un discípulo de Carlos Bada. Formó el trío con la idea de emular el sonido de Frank Frost, Robert Nighthawk, Hound Dog Taylor y algunos de los popes del Hill country blues como R.L. Burnside y Junior Kimbrough. A diferencia de BSG, que sobresale por su sonido rural, El Rufián es más eléctrico y urbano, pero también apuesta a las letras en español. La banda la completan el armoniquista Nico Castro y el baterista Leandro Walter, aunque este último no pudo grabar en el álbum y su lugar lo ocupó Adrián Flores. El disco empieza con la instrumental Licor de maíz, una verdadera joya con la que logró captar la esencia del norte de Mississippi. Como esa, la mayoría de las canciones fueron escritas por Bouzigues, que también sorprende con buenas composiciones como A mover, Ten piedad y No lo hice, en el que con un slide punzante nos lleva sin escala a un humoso juke joint. El disco tiene tres covers. Dos son adaptaciones en español, al mejor estilo “Ciego” Goffman, de Rollin’ & tumblin’, que aquí llama Rodando y tropezando, y I asked for water (She gave me gasoline), de Howlin’ Wolf, que Bouziguez acomodó muy bien cantando “Le pedí agua, Ohh uhhh me trajo gasolina”. La otra versión es del tema de Flores, Si el blues fuera whisky. El disco termina con Soplando, un tributo de Castro a Sonny Terry. El arte de tapa, a cargo de la Tana Spinelli, está muy bien logrado y redondea un álbum muy bueno que demuestra que la tradición del blues también es permeable a ciertas adaptaciones.

sábado, 10 de febrero de 2018

La Usina del Blues

Fotos gentileza La Usina del Arte y Baires Blues
El auditorio de la Usina del Arte se tiñó de azul el viernes para una doble presentación internacional. Sax Gordon y Carlos Johnson, con propuestas diferentes, engalanaron una noche con buena música ante una sala colmada.

La banda que acompañó a Sax Gordon, la base del Club del Jump, sonó muy ensamblada: el groove del bajista chileno Freddy Muñoz se recostó bien sobre la batería estable de Gonzalo Rodríguez, y los hermanos Martín y Alberto Burguez se encargaron de las armonías y algunos solos con mucha autoridad. Así, lograron plasmar sobre el escenario de la Usina las casi dos semanas que llevan tocando, casi a diario, con el maestro del saxofón.

Por el contrario, a Cruxados le costó respaldar a Carlos Johnson. Fue la primera presentación de la banda de Azul con el guitarrista zurdo y se notó la falta de ensayos. Johnson no planteó el típico sonido de Chicago, sino que buscó hacer algo más moderno y al grupo le resultó difícil seguirlo. Probablemente con el correr de los shows puedan afirmarse. Talento no les falta.

Todo empezó a las 21. Muy puntual. Sax Godron apareció vestido de blanco, con su saxo colgando, y de entrada nomás comenzó a soplar con mucha intensidad los primeros acordes de la animada I need your love y una vez que terminó la canción, sin respiro, siguió en la misma línea con Somebody. “¿Les gusta el blues? ¿Quieren blues?” preguntó y, ante la respuesta positiva y enfervorizada del público la banda se sumergió en un blues cadencioso y profundo, The way it is, en el que el saxofonista desplegó todos sus trucos y bajó a tocar entre la gente. Siguió con un funky instrumental, DD rider, inspirado en el sonido de Memphis, donde prevaleció el hammond de Alberto Burguez, y luego Sax Gordon planteó un diálogo de saxo y percusión con Rodríguez.

Freddy Muñoz dibujó unas exquisitas líneas de bajo en el comienzo del tema en el que Sax Gordon más se lució cantando: Big and hot. Aquí Alberto Burguez cambió el sonido hammond por el del piano y se acopló a la perfección. Luego, en The misfit, Freddy Muñoz volvió a calibrar su ritmo feroz y Martín Burguez, que cumplió una extraordinaria tarea como guitarrista rítmico, se lanzó con un solo emocional. Sobre el final, Sax Gordon le dedicó la dulce balada souleada Gone a las mujeres de la sala y cuando parecía que ya no había tiempo para más dijo “Quiero un poco más de funky” y cerró con Have horn will travel.



La Usina siguió generando blues y a las 21.50, después de un breve receso de diez minutos aparecieron en escena los músicos de Cruxados. Interpretaron un shuffle instrumental y el guitarrista Nicolás Duba presentó a Carlos Johnson que, vestido de negro y con una gorra deportiva, se sentó en una banqueta y conectó su Epiphone. Al poco ensamble de la banda se sumó un acople bastante molesto entre la viola y el micrófono de Johnson. Pero nada impidió que brotara blues desde sus dedos (toca sin púa), con I’ll play the blues for you. Comenzó tocando muy suave, casi acariciando las cuerdas, y cantando melodiosamente para después estallar en descarga de furia eléctrica.

“¿Dónde está mi cerveza? Sin cerveza no hay blues”, bromeó el guitarrista antes de interpretar Hi heel sneakers, en el que pidió un solo de piano que quedó sepultado por el intenso sonido del resto de la banda. Siguió con un tema que -según explicó- lo escribió pensando en las mujeres con las que mantiene “eye contact” durante los shows y que cuando termina y las busca ya no están. En clave de smooth jazz, ahora sí con el teclado a un volumen más razonable se lanzó en una aventura que Cruxados sufrió por no estar acostumbrados a ese estilo. Para terminar, Johnson eligió un medley de Jimmy Reed, que incluyó You don’t have to go y Bright lights big city, en el que le pidió un punteo a Duba y tuvo que arengarlo para que no lo dejara en la primera vuelta, y luego recurrió al tecladista, que en vez de tener su teclado en modo piano se despachó con un inoportuno solo de hammond. Pero Johnson no se desanimó y siguió incitándolos a más, incluso al bajista, que no se amilanó. De a poco, la banda fue bajando la intensidad y desde su guitarra zurda Johnson tocó, a modo de despedida, los acordes de Eleanor Rigby.

Pese a esos detalles, fue una gran noche de blues, protagonizada por dos carismáticos músicos estadounidenses que saben cómo relacionarse con el público. Blues internacional, gratis y en una sala de lujo. ¿Qué más se puede pedir? Que haya más… mucha más usina del blues.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Solo Tapia


Ricardo Tapia es un hombre de blues. Pero también escucha y toca otros géneros relacionados con la música negra y el folclore local. Al frente de La Mississippi es un performer inigualable. El número uno arriba del escenario. En solitario, apenas acompañado por su guitarra, es capaz de llevarnos a otra dimensión. Esto último fue lo que hizo el lunes a la noche en Sheldon, en una nueva edición de Blue Monday de Bluscavidas.

Pasadas las 22, Tapia se sentó de cara al público y, mientras una tenue luz roja desdibujaba su silueta, tomó una guitarra Eco 1966 original y probó la afinación. “Buenas noches. Bienvenidos a Sheldon. Voy a deformar algunos clásicos del blues, porque la música negra es dinámica y se presta para eso”, anunció. El primer tema fue una reinterpretación funky de I just want to make love to you, de Muddy Waters, y siguió con Help me, inspirada en la versión de Junior Wells, en la que lanzó todo su poderío vocal. Luego irrumpió con Everyday I have the blues, que la tocó en un tempo bastante original y volvió carburar su garganta para el aullido de Spoonful, el clásico de Howlin’ Wolf.

Dejó el blues tradicional para abordar el cancionero del blues local. Se despachó con dos himnos de La Mississippi, Buenos Aires blues y Blues del equipaje, y uno de Manal, Doña Laura. Después cambió la guitarra eléctrica por una hermosa resonadora para la versión más desestructurada e inédita de Blues local, de Pappo, que jamás alguien haya interpretado. Tapia mostró también que es un tipo agradecido y solidario y tocó dos temas de bandas del interior que él produjo y apadrina: Los Zorros de Florindo y Blues de Garage.

Volvió a tomar la Eco 1966, a la que describió como “una guitarra básica, pero excelente”, y cerró con una selección muy ecléctica: primero Rockin’ blues, luego Canción del pescador, de María Elena Walsh, y por último San Cayetano, otro de los grandes éxitos de La Mississippi. Se despidió, volvió a la mesa y se sirvió otra copa de vino blanco. Había transpirado la camiseta como en cualquier show con la banda, pero aquí ni siquiera necesito levantarse de la silla para llevarnos a otro nivel de comunión con la música.

martes, 30 de enero de 2018

Patrimonio de la humanidad


Para algunos puede resultar irritante que prácticamente no haya músicos de blues en este homenaje por los 100 años del nacimiento de Elmore James. Pero en realidad es algo para destacar: la participación de estos artistas resalta la influencia del guitarrista más allá de las fronteras del blues.

Elmore James fue uno de los músicos más revolucionarios de la historia del género. A comienzos de la década del cincuenta, con su slide asesino, su guitarra enchufada y su voz apabullante, adaptó el estilo de Robert Johnson a una nueva era marcando una de las instancias más claras de la evolución del blues. Aquel sonido cautivante del Delta del Mississippi de la década del treinta se transformaba en esa ebullición eléctrica y chirriante que tanto influenciaría a las grandes bandas de rock de los sesenta. Elmore James contribuyó con mucho más que potentes riffs a la música contemporánea y este álbum es una prueba de ello.

Strange angels: In flight with Elmore James fue producido por Marco Giovino y Tom Siering. Si bien cada canción tiene un artista diferente como protagonista, musicalmente está sostenido por la banda Elmore's Latest Broomdusters, conformada por los guitarristas Rick Holmstrom y Doug Lancio, Rudy Copeland en hammond B3 y el propio Giovino en batería. Viktor Krauss y Larry Taylor, en tanto, alternan en bajo.

La selección de temas representa lo mejor del repertorio de James. El disco comienza con Elayna Boynton, una joven cantante californiana de soul que interpreta con mucha pasión Can’t stop loving you. Luego aparece la experimentada vocalista Bettye LaVette junto al guitarrista G.E. Smith para el clásico Person to person. Una de las figuras más importantes de la escena de la música country, Rodney Crowell, se despacha con una soberbia versión de Shake your moneymaker. Uno de los momentos más intensos del álbum llega con Done somebody wrong, por el tsunami sonoro que provoca la tremenda voz del galés Tom Jones.

Los guitarristas Warren Haynes (Allman Brothers) y Billy Gibbons (ZZ Top), junto con el armoniquista Mickey Raphael, se despachan con una descollante versión de Mean mistreating mama. Deborah Bonham, hija del histórico baterista de Led Zeppelin, John Bonham, se encarga de Dust my broom, tal vez el tema más emblemático de Elmore por ese riff inconfundible y por ser una composición original de Robert Johnson que él reescribió y grabó para el sello Trumpet en 1951. Warren Haynes vuelve a escena, esta vez con el músico country Jamey Johnson para un extenso cover de It hurts me too, donde se destaca un solo de hammond de Rudy Copeland. Las hermanas Shelby Lynne y Allison Moorer interpretan Strange angels, por momentos jazzeada y por otros un tanto psicodélica por el reverb de Holmstrom.

Tal vez el músico más asociado al blues de este disco, y flamante ganador de un premio Grammy, Keb’ Mo’, le pone su sello a Look on yonder Wall. Mollie Marriott (la hija del legendario Steve Marriott), que compartió escenario con la crema de la crema del rock inglés e incluso grabó coros en un disco de Oasis, aquí aporta su exquisito registro vocal en My bleeding heart, un tema de Elmore más asociado al repertorio de Jimi Hendrix. Chuck E. Weiss, aquél cantante y poeta, que animó la escena de Los Ángeles en los setentas junto a Rickie Lee Jones y Tom Waits, canta Hawaiian boogie antes de que una ignota Addi McDaniel, rodeada de cuerdas y un clima jazzy, se lance sobre Dark and deary. El disco cierra con el instrumental Bobby’s rock a cargo de los Elmore's Latest Broomdusters.

El disco es rico en matices y sonidos. Y lo más interesante que tiene es que, a pesar de los distintos enfoques y estilos con los que abordaron sus canciones, todas suenan a Elmore James. Esto demuestra que la música del viejo bluesman no es patrimonio de unos pocos puristas, sectarios y pendencieros, sino que es de toda la humanidad.


martes, 23 de enero de 2018

Relaciones bilaterales

Dave Riley & Junior Binzugna Band - Fired up. El sitio Blues Junction, de David Mac, lo definió como “el mejor álbum de Riley de su extensa carrera”. La afirmación de Mac tiene sustento. El cantante y guitarrista nacido en Hattiesburg, Mississippi, uno de los máximos exponentes del down home blues del Delta, encontró en la banda de músicos argentinos, comandada por Junior Binzugna, un sostén notable para dar rienda suelta a toda su pasión y experiencia. El álbum, que fue grabado en octubre de 2016 en Fidelius Studio, en Buenos Aires, logró captar la esencia misma de este artista itinerante, que está siempre dispuesto a compartir su música. Binzugna cumplió un triple rol con éxito: hizo la producción ejecutiva del disco, la artística y también tocó la armónica con gran destreza. El resto de la banda la integraron Federico Verteramo en guitarra, Tavo Doreste en piano, Mariano D’Andrea en bajo y Maximiliano Bergara en batería. Germán Pedraza colaboró tocando la batería en tres temas y el rhodes en otros tres. El repertorio es por demás excelente. Riley interpreta un par de composiciones propias, pero también algunos blues de Frank Frost y Muddy Waters, donde por momentos ataca con el slide. Se vuelca al soul con Bring it on home to me y Trying to live my life without you, y al rock and roll con un medley que incluye Tutti Frutti, Whole lotta shakin' goin on y Great balls of fire donde sobresale el gran pulso de Doreste en el piano. Fired up, además, cuenta con un excelente arte de tapa realizado por Edi Libedinsky. En definitiva, el disco no tiene desperdicio: un músico de blues auténtico respaldado por una banda de jóvenes talentos de la escena local. El señor Mac tenía razón.

Chris Cain & Nasta Súper - Romaphonic session. Tras varios años de compartir escenarios en Buenos Aires y otras ciudades del interior argentino, Chris Cain y Rafa Nasta se metieron en un estudio y grabaron un puñado de clásicos para dejar testimonio discográfico de esa prolífica relación. Acompañados por la formación estable de Nasta Súper -Walter Galeazzi en hammond, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería- el dúo de guitarristas ratificó la simbiosis que los caracteriza. El álbum comienza con Cain honrando la memoria de su máxima inspiración, Albert King, con Cold women with warm hearts. Sus solos son profundos y llegan hasta el hueso. La banda entra en trance y Cain nos prende fuego, lentamente, con una conmovedora versión de Ain't nobody's business. Después aceleran el ritmo para que Cain despliegue su magia con Barefootin’ y vuelven a bajar unos cuantos cambios para Sweet sixteen, en la que Cain canta con un registro extraordinario y desde la guitarra despliega los más apasionados solos. En Help the poor uno puede imaginar a Mauro Ceriello moviendo la cabeza, como suele hacerle cuando enchufa su bajo, y el groove que le imprime junto a Gabriel Cabiaglia es desbordante. Cain se sube a ese colchón rítmico como un surfista a una gran ola. El último tema es otra composición de B.B. King, la hermosa Guess who, con un fabuloso solo de hammond y, otra vez, Cain exteriorizando todas sus sensaciones con su voz y las seis cuerdas. El álbum guitarrista californiano con la banda argentina con la que tan bien se lleva y a la que conoce al detalle. Era algo que los músicos se debían. Por ahora no fue editado en CD pero sí puede escucharse en distintos soportes musicales. Vale la pena hacerlo.

lunes, 15 de enero de 2018

El hechicero noruego


Herre es un pequeño poblado de la región de Telemark, al sur de Noruega, en el que viven poco más de mil personas. Allí, donde no hay mucho más que hacer que soportar el intenso frío durante ocho meses al año, el 15 de enero de 1980 nació Christoffer Andersen. Kid, como lo llaman todos, es uno de los músicos de blues más importantes de la escena estadounidense y hoy, radicado en San José, California, es el cerebro de esa maquinaria sonora llamada Greaseland.

Kid Andersen empezó a tocar la guitarra a los 11 años gracias a un primo suyo que le enseñó lo básico para que pudiera tocar rock and roll. Una tarde de 1996, estaba viendo la televisión en la casa de su abuela cuando en las noticias pasaron el aviso del Notodden Blues Festival, que tenía como atracción principal a Robert Cray. “Ese instante quedó grabado en mi cabeza”, contó Kid en una entrevista que le hizo la revista Blues Blast. A partir de entonces, el blues se volvería una bola de nieve. Un amigo músico le prestó un cassette de Stevie Ray Vaughan y poco tiempo después conoció al guitarrista Morten Omlid, su mentor.

“Omild tenía una gran colección de discos. De un lado guardaba los de músicos negros y del otro los de blancos. La sección de músicos negros era más grande así que empecé por ahí”, recordó. Así fue como se llevó a su casa los primeros LP’s de los tres King, Otis Rush y T-Bone Walker. Y también uno de Little Walter. “Omild me dijo que si quería aprender a tocar bien tenía que saber cómo hacerlo detrás de un armoniquista”, explicó Andersen.

Tery Hanck
Al poco tiempo, se fue a vivir a Oslo, la capital de Noruega, y empezó a frecuentar el Muddy Waters, uno de los bares de blues más importantes de la ciudad. En ese esencario comenzó a ganar experiencia y pronto sería el guitarrista rítmico de muchos músicos internacionales que pasaron por allí como Jimmy Dawkins, Willie “Big Eyes” Smith, Nappy Brown y Homesick James. En 1998, en el festival de Notodden, conoció al saxofonista estadounidense Terry Hanck, quien sería decisivo en su vida y su carrera musical. Hanck quedó tan impresionado con el chico noruego que lo incorporó a su banda y se lo llevó a California. "Me di cuenta enseguida que era especial. No sólo aprendía rápido, sino que instintivamente sabía el tono y el sentimiento que yo quería para una canción”, relató.

En California se le abrió un mundo. Tras cuatro años junto a Hanck se fue a tocar durante un lustro con Charlie Musselwhite. Luego se incorporó a la banda de John Nemeth, pero sus problemas con el alcohol lo obligaron a dar un paso al costado. Pero la suerte estuvo de su lado. En 2009, ya recuperado, aprovecho que Charlie Baty dejaba los Nightcats y se sumó a la nueva versión comandada por Rick Estrin, formación con la que editó cuatro discos y vino a la Argentina en 2011.

Desde sus días con Charlie Musselwhite, Andersen también forjó una carrera solista, aunque con más bajo perfil. Editó tres discos Rock Awhile (2003), Greaseland (2006) y The Dreamer (2007). Y además grabó junto a Junior Watson y la leyenda del blues noruego Vidar Busk el disco Guitarmageddon (2004). Pero eso no fue todo: su nombre figura en los discos Raisin' Hell Revue (2011) de Elvin Bishop; Road Dog's Life (2013) de Smokin’ Joe Kubek y B’Nois King; Snap your fingers (2013) de Finis Tasby; If nothing Ever Changes (2015) de Wee Willie Walker; The Real Deal (2016) de John “Blues” Boyd; entre otros. Todas esas colaboraciones reflejan la versatilidad del guitarrista, que se adapta a distintos estilos de blues y otros géneros.

Su híper actividad musical se complementa con su rol como CEO de los estudios Greaseland, donde es productor artístico y técnico de sonido al mismo tiempo. Allí creó un polo muy interesante donde prolifera el sonido clásico, no sólo del blues sino de géneros afines como el soul, rockabillly, funk, gospel y hasta surf music. Pero el blues sigue siendo lo que realmente lo mueve.Hace poco editó un álbum tributo a Howlin’ Wolf con leyendas como Henry Gray y Tail Dragger como invitados; y otro dedicado a Little Walter en el que sobresalen las armónicas de Musselwhite, Billy Boy Arnold y Sugar Ray Norcia.

Kid Andersen es el hechicero, el mago que todo lo arregla. Dicen que todo lo que toca cobra un nuevo sentido y, a juzgar por todos los discos mencionados, eso es una gran verdad. En Noruega, su tierra, lo saben bien y cada vez que vuelve al festival de Notodden lo homenajean. Y en Estados Unidos también lo saben, por eso cada vez más músicos recurren a él.


sábado, 13 de enero de 2018

Los pies en la tierra


Víctor Hamudis levantó un poco el pie del blues y se afirmó entre el country y el southern soul. Esa es la principal diferencia entre su primer disco y su nuevo trabajo, Demos & little love songs. Por lo demás, mantiene el mismo feeling y buen gusto, con un sonido orgánico y minimalista, y otra vez interpreta una notable selección de composiciones propias.

El álbum está dedicado a los músicos que lo inspiraron: Leon Russell, Delaney Bramlett, Wilson Pickett, Dan Penn y Don Nix, pero también está marcado por el sonido de My favorite picture of you, el disco que Guy Clark editó en 2013, y que estalló frente a él como una revelación.

Cada una de las canciones de Víctor Hamudis remiten a un viaje imaginario de Muscle Shoals a Memphis y de allí hasta Tulsa. El primer tema, Home, es una obra maestra. La guitarra de Hamudis se combina con las de Pablo Martinotti y Rulo García, mientras que Germán Pedraza y Edu Muñoz marcan una sutil y efectiva base rítmica, sobre un colchón melodioso que aporta Nandu Aquista desde los treclados. Es una canción que, parece, estuvo siempre entre nosotros, como un viejo clásico reversionado… pero no, es una composición nueva.

En Rollin’, Hamudis y Rulo García se sacuden el polvo mientras recorren una vieja carretera desértica. El disco sigue con Make love, una balada souleada en la que Pato Raffo aporta su inconfundible toque en la batería y un delicado coro femenino eleva el canto de Hamudis como una plegaria sureña. Said enough es una de las canciones más lindas: el slide de Rulo García está cargado de nostalgia y la voz de Hamudis le suma más melancolía, al tiempo que Mauro Ceriello los ampara con una base rítmica muy acogedora. Baby what you gonna do vuelve sobre la propuesta de Make love, aunque aquí con más presencia de las guitarras.

La segunda parte del disco tiene joyas como Two lovers, en la que sobresale el acordeón de Gabriel Gerez, y Bones con la que vuelve a la misma fórmula de Said enough. Lo mismo logra en Fool y So faraway, aunque el bajo está a manos de Mariano D’Andrea. Llegando al final, irrumpe con Sometimes, tal vez el tema más animado del disco, en el que las voces las coristas Alba Rubio y Gigi Francescutti se elevan como si estuvieran en el Ryman. El álbum cierra con Devil knock my door, un encuentro místico entre Hamudis y su guitarra.

Víctor Hamudis tardó en editar este disco porque en un momento captó la atención de Litto Nebbia, quien buscó colaborar con la producción artística pero sus sugerencias y aportes se alejaban de lo que Hamudis quería. Y él, con toda su obstinación, recuperó el control del álbum, puso los pies en la tierra y logró esta maravilla que brilla por su simpleza y naturalidad.

martes, 2 de enero de 2018

Alma negra


Queríamos empezar el año a puro blues y tuvimos mucho más que eso. Marcelo Ponce y Viviana Dallas nos dieron una lección de historia de la música negra en el primer Blue Monday de Bluscavidas de 2018. La noche de Sheldon se destacó por la selección de temas, la fusión de géneros y por sobre todas las cosas, los exquisitos arreglos de armonías vocales.

El show empezó a las 21.30 con Marcelo Ponce tocando y cantando Mama, talk to your daughter, inspirada en la versión de J.B. Lenoir. Cuando terminó se sumó Viviana Dallas y juntos cantaron Down in Mississippi, luego de explicar el contexto de segregación racial que dio origen a esa canción. Así pasaron de Lenoir a los Staple Singers, que son el eje troncal de la música a la que se volcaron hace tiempo. Con la aparición de dos de las tres Salmonettes, Camila Teodori y Paloma Scassano, explotaron las voces y el juego de armonías. El sonido se elevó y abrazó todo el salón. Por momentos parecía que sonaba una banda, pero apenas era un guitarra y cuatro vocalistas. El primer tema que interpretaron todos juntos fue For what is worth, de Buffalo Springfield que los Staple editaron a fines de los sesenta.

No fue el único clásico del rock que versionaron: también hicieron The last time, de los Stones; Drive my car y The word, de los Beatles; y A hard rain's a-gonna fall, de Dylan. Cada una de esas intepretaciones tuvieron el feeling de los Staple Singers y la pasión que le ponen ellos. Viviana Dallas es una tremenda cantante y las Salmonettes están ahí para hacerla brillar aún más. Y Marcelo Ponce es el arreglador y director musical, el motor del ensamble. El cancionero también incluyó dos temas de Blind Willie Johnson, Nobody’s fault but mine y Jesus make up my dying bed.

El dúo, además, contó con un invitado: Sergio Catalano sopló su armónica en Let’s do it again y Glory, glory hallelujah. Sobre el final siguieron meciéndose entre el góspel y el soul con Down in the river to pray, Freedom highway y I’m just another soldier antes de despedirse con el mayor éxito de los Staple Singers, Respect yourself. El local estaba lleno y eso ayudó a que todo saliera mejor.

Los Dallas-Ponce animan la escena del blues desde hace casi 30 años y en cada show vuelcan toda su experiencia para transmitir un mensaje que no prescribe con el tiempo. El universo de ellos se nutre de lo más puro de su alma, la música negra, ese núcleo que componen el blues, gospel y soul. Y a todo un espíritu didáctico y mucha onda.

lunes, 25 de diciembre de 2017

La vida de An

Foto: Ximena Schleh
Su voz se esparce por toda la sala. Tiene tanta vida que casi se puede ver. Cada registro, cada inflexión y hasta sus silencios tienen una vibración especial. An Díaz anida en su anterior a una mujer negra curtida por el sufrimiento del trabajo duro, a una sobreviviente de desengaños amorosos, a una persona que atravesó los mares de la soledad en una balsa y pudo llegar a la orilla. Pero apenas tiene veintitantos y un futuro formidable. Con Between two worlds, su primer disco, encontró su verdadera voz, su espacio en ese ying y yang muslcal que conforman el blues y el gospel, sus dos pasiones.

Lo del viernes en el Club de Música fue más una celebración entre amigos que un show. En la primera parte, reprodujo todo el disco con algunas mínimas variaciones debido a las ausencias de Mariano D’Andrea y el brasileño Luciano Leães. Gabriel Grätzer se subió a tocar y cantar I’m gonna live (the life I sing about in my songs) y luego, con Dany De Vita en guitarra y coros, interpretó Any time you want. Después se sumaron Nico Raffetta, Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia para I can’ quit you baby, en la que An, como cada vez que la canta, revoluciona las partículas elementales con la demoledora introducción vocal. La banda siguió para Keep on lovin’ me baby, con Nico Raffetta levantando vuelo desde el hammond y De Vita sacando unos solos aniquiladores. Tampoco estuvo Lee, que la acompaña con el rhodes en el track oculto del disco, aunque aquí An aprovechó para presentar el video clip de ese tema y de alguna manera lo hizo presente.

La segunda parte se la dedicó enteramente a Nina Sessions, el proyecto paralelo que lleva adelante con Anahí Fabiani. Casi como si fuera el living de su casa, An cantó con soltura y encanto media docena de clásicos que solía interpretar la legendaria Nina Simone. Empezó con Nobody's fault but mine y siguió con I love your lovin' ways, Exactly like you, I wish I knew how it would feel to be free y Four Women. Para el final volvió a invitar a la banda y cerró con Do I move you, aquí con Raffetta y Fabiani intercalando teclas desde el hammond y el piano.

En febrero de este año estuve con ella y Grätzer en Memphis y Mississippi. Uno de los lugares que conocimos fue Dockery Farms, donde nació el blues. Allí, mientras palpábamos la historia más profunda del género y escuchábamos la voz profunda de Charley Patton cantando Some summer day, An caminó hacia la ruta y se quedó mirando, emocionada, una iglesia que estaba a metros de la granja. Así llegó a sus dos mundos y cerró el círculo virtuoso. Dos días después lanzó el disco, el primero mas no el último. Y así lanzó también su carrera y su futuro. En definitiva, su vida.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lanzamientos de acá y de un poco más allá

Gabriel Delta Band - Hobo. El nuevo proyecto musical de Gabriel Delta, radicado hace más de 15 años en Italia, es esencialmente acústico y el repertorio se mece entre composiciones propias, clásicos del blues y algunas sorpresas. El álbum abre con Newen, una balada con tintes folclóricos cantada en español que está en armonía con la filosofía de vida de su autor. Sigue con el tema que da nombre el álbum, Hobo, en el que arrasa con un slide fulminante mientras canta que va de pueblo en pueblo con su guitarra. Skyless angels es otra emocionante balada, aunque de raíz blusera, con la que Gabriel Delta transmite su mensaje espiritual. Después pone el foco sobre dos canciones tradicionales de Chicago, Big boss man y Little red rooster, que interpreta con mucha personalidad y son el sostén para algunos de los mejores solos del disco. Su versión de Queen bee, de Taj Mahal, le da un toque bucólico. Lo mismo sucede con Duerme negrito, una canción que popularizó Atahualpa Yupanqui, que Gabriel Delta considera un verdadero blues criollo. La otra sorpresa el disco es su versión voladora de Soulshine, la más bella canción que escribió Warren Haynes para los Allman Brothers. Acompañado por una notable banda de músicos italianos, Gabriel Delta grabó en vivo y sin mayores retoques este disco que resume su vida como músico.

Daniel De Vita, Netto Rockefeller y J.M. Carrasco - Third world guitars. “Guitarras del tercer mundo” es una propuesta completamente novedosa. Tres guitarristas de Argentina, Brasil y Chile se juntaron para grabar clásicos de las décadas del cincuenta y sesenta, y algunas canciones de rock, con la idea de compartir las experiencias musicales de esos tres países. El ambicioso proyecto se materializó en un disco excepcional. El sonido está muy bien logrado y la conjunción de las tres guitarras resultó magistral. De Vita, Rockefeller y Carrasco, además, alternan en voces y cada uno le imprime su sello distintivo. El trío está respaldado por una sección rítmica productiva y sustentable conformada por Gabriel Cabiaglia en batería y Diego García Montiveros en contrabajo. El álbum comienza con una versión novedosa de I’ll go crazy, de James Brown, y todo lo que sigue después desafía los estándares más convencionales, pero, aunque suene paradójico, respetando la tradición. El repertorio no tiene desperdicio: desde esas minúsculas y alucinantes interpretaciones latinoamericanas hasta los temas más rockeados como I only have love o Should I stay or should I go, pasando por You don’t love me, un blues denso y demoledor en el que desgarran las guitarras con un sentimiento descomunal. El álbum desafía tiempo y espacio, y asimila, de manera muy original, el concepto de patria grande.

Damián Duflós Blues Band - Can´t hold out much longer. Blues de Chicago en estado puro. Un verdadero tributo a la armónica y, en especial, a uno de sus máximos exponentes, Little Walter. Damián Duflós buscó un sonido que se emparente a como tocaban los músicos negros en la década del cincuenta. En las notas del CD aclara: “Grabar con un equipamiento digital vuelve frustrante la consecución del verdadero sonido de la vieja escuela, pero aun así el sonido general conseguido es bastante aceptable”. Su toque con la armónica es sublime y expeditivo, y su voz acompaña con prestancia. Lo respaldan Ezequiel Díaz Baruj en guitarra, Leonardo Toro en bajo y Vicente Iturbe en batería cinco piezas clásicas de Little Walter y una de Sonny Boy Williamson. Este álbum, que Duflós lo pensó inicialmente como un demo y lo grabó en el estudio Sonar, fue de lo último que hizo en Neuquén antes de mudarse a Esquel, donde terminó mezclar, editar y masterizar en el living de su nueva casa. Duflós es un verdadero referente del blues tradicional y uno los más activos en el sur del país, y este nuevo álbum se enrola en una tendencia: reproducir el viejo sonido del blues con el mayor sentimiento posible y respetando todos los parámetros estilísticos.

Tota Blues y Poyo Moya - Blues and more. Flavio Rigatozzo, Tota Blues, tenía ganas de hacer algo diferente, romper un poco el molde de los doce compases y los tres tonos, de apuntar con su música a un público diferente. Y para eso se alió con el pianista Poyo Moya, otro argentino como él radicado en Barcelona, para interpretar una docena de temas, entre los que hay clásicos y composiciones propias. El dúo de piano y armónica, una conjunción instrumental poco frecuente, fluye naturalmente. Tota canta en la mayoría de los temas y el Poyo se lanza en una aventura vocal en Trouble in mind. Tres invitados de lujo aportan variantes al repertorio. El histórico ladero de Tota, Martín Merino, mete un toque guitarra eléctrica en Blussi, un tema compuesto por el propio Tota. Eduardo Introncaso sopla su saxo en Hard to make a living, otro tema que lleva la firma de Flavio Rigatozzo, y el Chino Swingslide rasga las cuerdas de una Resophonic en Goodnight Irene. Una vez más, como en sus dos décadas como músico profesional, Tota vuelve a cumplir a puro blues.